—Es nuestro primer Yule separados —suspiró con la cabeza gacha.

—Lo sé, pero estaré ahí. —Prometió mientras caminaba hacia ella—. Como todos los años.

—No puedes. —Masticó las palabras, agotada, antes de estallar—. ¡No puedes venir! ¡Estás muerto, Bior, y no vas a venir nunca más! —Las lágrimas recorrían furiosas sus mejillas en lo que Runa gesticulaba de más.

—Querida —intentó tranquilizarla con su sonrisa ladeada—, estoy aquí. Me ves, ¿verdad? Y puedes tocarme —susurró aliviado al acariciarla.

—Pero no es lo mismo. —Lo abrazó con fuerza en cuanto él la rodeó.

—Pero no puedo morir en tus sueños —refutó para arrancarle el recelo—, así que estaré siempre por aquí.

Runa se despertó cuando Bior le besaba el pelo, sin darle tiempo a despedirse de él. Aún sentía la calidez de su cuerpo y el aroma a roble de su ropa, como si recién hubiera vuelto del bosque. Sacudió la nostalgia de la mente y salió directa hacia la casa comunal antes de enredarse en las mantas. Habían ubicado la mesa del festín en el exterior, cercana a la linde del cementerio, para compartir la fiesta con quienes ya no estaban. Junto a ella, los leñadores acababan de limpiar el tronco que Bior marcó a principios de ese año para usarlo en la típica hoguera nocturna.

Verlos inclinar la cabeza a su paso le recordó, una vez más, que su marido era extrañado por todo el clan. Les devolvió el saludo con cortesía y se limitó a cumplir su labor como artesana. Después de todo, su vida mantenía aún cierta monotonía que le permitía respirar con normalidad. Talló platos, vasos, un par de jarras y varias cabras decorativas en lo que las horas pasaban apresuradas.

Conforme se cerró la noche, el clan al completo se arremolinó alrededor del tronco de Yule para encenderlo. La hoguera crepitó, los abrazos se contagiaron y Runa dejó ir lágrimas disfrazadas de emoción. El ambiente fluyó hasta ser cómodo y familiar, con acostumbrada hospitalidad a los forasteros que habían quedado allí atrapados por la nevada. El festín se sentía cálido, tanto por el fuego a su lado como por la gente a su alrededor. Tan solo hubo un silencio solemne cuando la tradicional vela en la ventana más grande quedó apagada, ya que Bior era quien hacía el honor de encenderla.

Por supuesto, el licor no tardó en sustituir la amenazadora melancolía con chistes rápidos. Runa se había jurado dejarse llevar por la alegría del clan y el jamón asado que se deshacía en la boca. Sin embargo, no se soltó del todo hasta que, en un vistazo fugaz por el rabillo del ojo, descubrió la vela encendida. No podía asegurar que nadie vivo la hubiera prendido, pero tampoco quería confirmarlo. En su lugar, eligió creer que Bior había cumplido su promesa. Le ofreció un brindis a su tumba, que descansaba a unos pasos de ella, y bebió a su salud.

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