El metro se retrasa y llego tarde a la cita más importante de mi vida. Recuerdo cuando le vi por primera vez, en el andén de enfrente. Me miraba sin pudor. Olvidé dónde iba y, sin pensar, me cambié de andén. Subió al vagón y yo le seguí. Yo caminaba detrás, cerca, convencido de que él lo sabía y me estaba guiando, o tal vez no, podría ser fruto de mi imaginación. Llegó a un portal y entró, pero yo no me atreví a dar un paso más. Me alejé corriendo y volví a mi casa, allí, solo y deprimido, me arrepentí mil veces de no haber subido. Me invadió un llanto desesperado. De eso hace ya diez años. Como era de esperar, he llegado tarde y ya no queda nadie: no me he presentado a mi boda. Ya en casa, enciendo la luz de la cocina y me sorprendo al verle allí: él con cara triste, él con ojos inundados, él con una magdalena sobre la que ha colocado una vela encendida que representa el número uno. Uno de inicio, uno de unión. Cierro los ojos y pido un deseo mientras soplo para hacer desaparecer la vela.

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