—¡Para la victoria, romero romerito!
La hoguera rugió al tragarse la ofrenda y se volvió de un verde azulado.
—¡Y conejo para la cosecha! —cantó otra.
—Sí, sí. ¡Echa, echa!
Ahora las llamas danzaron como una manada de lobos hambrienta mientras se teñían de morado.
—Huele bien, queridas —halagó la forastera.
—Pues tendrás la nariz estropeada —saltó la segunda—. Aquí solo huele a ponzoña, frío ahumado y sidra.
—Oye oye, no te metas con la nueva, que es su primera vez.
—A ver si no habrá segunda.
—¡Hala! Seguro que hay hasta tercera —aseguró la primera.
Aquí empezó la discusión. Se olvidaron de sus deberes y con ramas de abedul se atizaron jocosamente entre la nieve. La invitada lo miraba todo con confusión mientras bebía el caldo ceremonial. Pequeños frutos perlados nadaban en la superficie como si de ojos de ardilla se trataran.
Cuando por fin se tumbaron jadeando de calor y con las cosquillas agotadas, se acordaron que tenían una noche que auspiciar.
—Y decías, querida, que te llamabas….
—Te olvidarás enseguida —afirmó la joven.
—¡Sí! No. ¿Puede?
Las otras dos se rieron a carcajadas mientras calentaban sus nudillos en la hoguera.
—Soy tu reina, con eso basta.
—Claro, claro. Con eso siempre basta —repitió la primera—. Le ha cogido el tranquillo, ¿no os parece?
—Uy sí, formidable.
—No, no, esplendoroso.
—Sin duda, esplendable.
—De hecho, formidoso.
A la reina le tembló el labio.
—¿Podemos empezar? —exigió.
Las tres se miraron confusas.
—Si ya está todo preparado —le contestaron al unísono—. Solo tienes que entrar.
La reina vio que señalaban la hoguera morada. Sus movimientos eran casi hipnóticos. Dio un paso hacia adelante y puso la mano encima. No notó nada, quizás un leve cosquilleo. Sonrió de oreja a oreja.
—Así que éste es el poder que escondéis. Cuantos caerán a mis pies asombrados.
—Seguro que una cae.
—A veces dos.
—No creo que llegue a tres.
Una mano adornada de armadura cogió a una del pescuezo.
—¡Me ponéis mala! —gritó escupiendo saliva y lanzó la anciana unos metros más allá.
Dio media vuelta, irguió la cabeza y se arrojó al fuego.

Los árboles del otro lado vestían de gala. Hojas con colores que nunca había visto, pieles que centelleaban como la noche. Estaba deslumbrada. Podía ver figuras moverse, bailar y comer. Intentó deshacerse del borrón y centrar su vista. Estaban sentadas en tronos, llevaban coronas y espadas.
Una levantó la espada y gritó:
—Ya has soñado bastante.
Tres, tres ancianas.

—Hace rato que no se mueve —le pegó con el bastón.
—Vaya malas uvas tenía la engreída.
—No le des tanto crédito, es de nosotras el mérito.
—¡Ja! Te ha salido una rima —se rió la segunda.
—Que alegría que esté calcinada y ya difunta.
La tercera trajo sidra.
—¡Que muera la monarquía! —brindó la primera.
—¡Y que viva la brujería! —bramó la segunda.
—Oye, no te pases, no te pases. A ver si alguien se lo va a tomar en serio.

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