—Quería tirarme al rubio melenudo, una fantasía norteña. ¿Superficial? Vale, pero fue la razón de acompañarlo a celebrar el Yule:

«Como bienvenida me dejé ungir por Zhamarä, chamán pelirroja, y bebí todo lo que me pusieron delante. Me lo planteé como una fiesta temática. 

Había mucha gente. Supongo que muchos como yo, ajenos a todo aquel tinglado New Age.

Flautas y tamborcitos de tripa emitían melodías monótonas y las luces comenzaron a bailar al ritmo de la druida. Esta bendecía un gran tronco lleno de tarjetitas escritas y ramitas de diferentes árboles atadas. Los intrusos nos mirábamos con una sonrisilla burlona.

Las hogueras adquirieron un fulgor multicolor. Descubrí rápidamente lo aburrido que era Torguën, incluso sin camiseta. Zhamarä le pintó runas con sus manos sobre el pecho. Fue sexy... y me molestó, algo. Crucé miradas con una chica de pelo azul. Parecía un reflejo sinvergüenza de mí. Sonrió con cara de hijaputa, adivinando. Se levantó descubriendo sus pechos, y apartando a Torgüen, se arrimó a la pelirroja.

A ella no le disgustó. Dibujó la primera runa donde el escote. La hijaputa desvió su mano haciéndola acariciar su pecho.

Torgüen estaba ¿delante de mí? Enfadado. Balbuceaba colérico «badabababadadaba». No lo entendí. Su cara parecía un chicle que se estira. «Cállate», grité. El sonido manaba de mi cráneo como burbujas diminutas que explotaban con cada sílaba. ¡Zhamarä me sonreía! 

Abriendo los labios de la hijaputa, le metió la lengua. Torgüen se alargó y retorció hasta desaparecer en una espiral informe. «Pelirroja ¿¡nuestras lenguas juegan dentro de mi boca!?»

La gente del prado ardió. Las llamas comenzaron a rodearnos al ritmo de la percusión.

Su sonrisa era irresistible. ¿La chica del cabello azul era yo? La druida lamió su cuello. Noté sus labios mordiendo mi carótida. Ambas. Yo. Se acostaron entrelazadas. Sentí su mano en mi entrepierna bombeando fuego. El barro las, nos, envolvió, dorado, mientras el firmamento eclosionó en una cascada iridiscente.

El anillo de fuego seguía cerrándose.

Ella, yo, ¿las tres? Miles de manos y caricias. Lenguas, tres, dos. Aturdida. Relámpagos de fuego blanco iluminando nuestros cuerpos arqueados de placer. No, el de ella. El de las dos, ¿tres? Sentí vergüenza, la hijaputa no.

Como una montaña rusa que cae al vacío, súbitamente llegó el miedo. El círculo de llamas nos rozaba, demasiado cerca, el murmullo incomprensible retumbaba, más y más alto. Zhamarä sorbía mi alma con su boca como una flor carnívora y sus largos cabellos rojos se anudaban como tentáculos a mi cadera desnuda. Hui.

La cabellera roja se enroscó en mis tobillos intentando detenerme. Rompí el círculo de fuego hacia el bosque. La luz que vestía mi cuerpo se deshilachó en la oscuridad…»

—Los guardabosques la encontraron inconsciente, hipotermia. Tiene suerte de estar viva. —dijo el médico. —Debería considerar dejar de consumir drogas.

Oyó un chasquido. Zhamarä se asomó a la puerta, anodina, despojada de toda magia y sensualidad. Saludó tiernamente infantil y cerró.

— Pues… Dice ser su pareja. 

—¿Tiene algo para el arrepentimiento, doctor? 

Comentarios
  • 1 comentario
  • D.J.B. @DiegoJB hace 4 meses

    Este me parece el cuento más diferente de todos los que leído. Tiene un ritmo rápido y un final atípico... Comparado con los otros que he leído!


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