Las puertas de York se abren ante mí en la noche más larga del año.

Mi mala vida de bandolera y justiciera me ha impedido el acceso a la ciudad todos estos meses anteriores. Pero ahora es Yule, y ni el arzobispo puede impedir que los marginados tengamos derecho a la celebracion.

Hace frío y nieva, y las calles empedradas están resbaladizas, por lo que mi paso es bastante pausado. Aquellas calles de York poco se parecen a la ciudad inglesa. En realidad, son idénticas a las calles estrechas del interior de Gijón. Descubro que a mi lado llevo a mi gata.

Cuanto más me adentro en la calle, más árboles aparecen. Árboles frondosos, troncos cortados, acebo, en su mayoría cubiertos de nieve, una nieve que sigue cayendo, bastante espesa. Empieza a aparecer gente, mucha gente, caminando en mi misma dirección, con abrigos de pieles y cuernos en las cabezas, llevando velas. Resulta que yo también estoy sujetando una vela. Mi gata sigue a mi lado, pero ahora ya no tiene forma de gata parda, sino que es una cabra blanca.

Entre empujones de marea de gente, llego a la plaza principal donde hay aún más árboles y muchas más velas. Me detengo y contemplo ante mí la catedral de León, iluminada y decorada de verde y rojo.

Todas las miradas se dirigen hacia dos señores en el centro de un gran círculo humano. Uno, el más anciano, va ataviado con un gran abrigo marrón con pequeñas ramas de árbol caduco enredadas a su alrededor. El otro tiene flores y hojas en su gorro. Se enzarzan en una pelea, pero no me detengo a mirar quién gana. No me interesa. Porque yo tengo que ir hacia el fuego. Guio a mi cabra hacia la hoguera alrededor de la que varias mujeres están danzando. Muchas de ellas ni tienen ropa siquiera. Hay una en el centro de la hoguera a la que no parece importarle el fuego. O no parece notar las quemaduras. Ya no tengo una vela en la mano, ahora es un cuchillo.

Agarro a mi cabra, que no parece inmutarse, y le clavo el cuchillo. Pero ni bala, ni sangra, ni tiene signos de estar herida. A la que le duele es a mí. Mucho.


Cuando Luna abrió los ojos, los primeros rayos de la mañana entraban ya por las rendijas de la persiana. El intenso dolor abdominal que la había sacado del sueño seguía ahí. Cuando se llevó instintivamente las manos a su abultada barriga, se dio cuenta de que ya no notaba las pataditas de todas las mañanas. Pese a que en el fondo ya sabía lo que se iba a encontrar, le produjo una gran desolación ver la cantidad de sangre que había en la cama. Y entonces deseó que aquel extraño sueño, con sus rituales paganos de fertilidad, fuera su realidad.

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