El silencio es mayor por la mañana, cuando la casa y casi todos sus habitantes aun duermen tras el banquete y los festejos de la noche anterior. Es el quinto día de Yule y, al igual que en los otros cuatro, fuera nieva con fuerza.

Aren, el único despierto a esas horas, observa a través de la ventana como cae la nieve. Suele ser el más madrugador, incluso en los días festivos. Por eso es quién revisa el árbol de la sala principal y comprueba que su fuego no se apague. También recoge los restos de la fiesta, todo debe estar listo para cuando vuelvan el resto de la familia y los amigos. Lo poco que duerme empieza a pasarle factura y necesita detenerse un momento. Está cansado pero todavía no ha terminado.

Otra de sus tareas, la última y la que menos le gusta, es asegurarse de que le ocurre nada al siguiente árbol. Es un presagio terrible cuando una familia no puede encender el árbol de Yule y ya bastantes desgracias han rondado a Aren y los suyos.

Hay que tener cuidado al salir al exterior. La nieve cae a su alrededor como un gran manto blanco que se lo traga todo. El muchacho oculta su cabello rubio con un gorro que le cubre gran parte de la cabeza, no es de su talla pero no le importa. 

Aun está fuera cuando distingue una figura entre la lluvia de copos. Parece alta, ancha de hombros, como los guerreros que se marcharon y nunca volvieron. El corazón de Aren se acelera sin control cuando lo ve. Es él. Nadie más iría hasta allí a esas horas en mitad del temporal. Tiene que ser él.  

Se pasa una mano enguantada por los ojos en un intento por aclararse la visión, pero la tormenta lo vuelve todo borroso y confuso. 

No quiere hacerse ilusiones y a la vez quiere creer con todas sus fuerzas. 

—¿Padre? —pregunta inseguro, y odia lo débil que le sale la voz. 

No hay respuesta y la figura borrosa no se mueve. Observa al muchacho igual que este la observa a ella. Pero Aren lo sabe, por eso se aleja de la seguridad del hogar con las manos extendidas para poder abrazar al hombre que se subió a un barco y le dejó atrás. Avanza sin encontrar nada que le detenga, hasta que tropieza y cae de rodillas en la nieve. Algunos copos juguetones revolotean en torno a sus mejillas, jugando a acariciarle como antes el viento los movía como una marioneta. El detonante para que una mente cansada y falta de sueño le hiciera soñar despierto. 

Cuando Aren entra en casa, va directo a calentarse las manos en el fuego del árbol de Yule. Cierra los ojos con fuerza y una pequeña lágrima se escapa bajo sus pestañas heladas. «Otro día», piensa aunque es mas bien una plegaria que reza para que alguno de los dioses le conceda, «otro día, padre volverá».

Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS hace 7 meses

    Un relato muy bonito. Me encanta Aren.
    ¿Qué nos ha pasado este mes con los padres que embarcan y no vuelven? XD


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