La cama aún estaba deshecha, la ropa en el suelo y el hielo derretido con las últimas gotas de güisqui. Una huella de pintalabios rojo resistía en el cristal como si flotara en el aire, frente a una rosa deshojada entre cenizas y, consumiéndose sobre una magdalena, la vela que Álex había clavado antes de salir sin decir nada.

Cadenas, bates, vengalas. Sombras encapuchadas se unían a las últimas filas de los bandos enfrentados en un callejón del suburbio.

Entre la multitud salvaje, surgió como un escalofrío el rojo de sus labios. Álex, ajeno al griterío, aún estaba aturdido por los reflejos de la noche anterior; por las mismas cenizas y el contraste. La tensión en las manos, el nervio en las entrañas y los pies paralizados. Sus lágrimas caían desangrándose contra el suelo cuando alguien agarró su brazo y le puso de nuevo en pie.

–Acaba con ella. Sabes que es la única salida.

Álex sacó su navaja y levantó la mirada, pero no dio ni un paso. Cientos de encapuchados le sobrepasaron blandiendo sus armas improvisadas; él dejó caer la suya.

Ella se acercó esquivando los golpes, siguiendo el camino de sus ojos ahogados, y le puso destino a aquel beso que se había quedado en el aire.

Entonces, una ráfaga de viento apagó la vela.

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