Todos debemos esperar a que el tronco arda. Hace frío y las sombras generan formas que no puedes mirar. Esta es tu misión. Lo sabes. Te lo han dicho una  y mil veces. La escarcha no debe entrar, el tronco debe quemar. Doce. Doce es el número de horas que debes vigilar. Cada uno su tronco, cada uno su foco.

Un golpe seco y las ventanas se han abierto, pero no puedes girarte. Te observo y sé que por un segundo dudas. Estás cansado. Muy cansado. Has seguido los rituales como el buen hallæri que eres: no ha entrado alimento terrenal en ti en tres días y solo has alimentado tu espíritu de las Hojas de los Dioses. Hace frío y tu cuerpo está cansado. Las sombras danzamos a tu alrededor, te rodeamos y te observamos. Yo me acerco a ti y te acaricio la mejilla por un segundo. 

Mantienes la mirada fija y una gota de sudor te cae por la frente mientras empiezas a temblar. En otra ocasión, quizá te habrían ayudado. Pero hoy no. Dependen de ti, de tu cuerpo y de tu sangre. Las luces de la llama te abrazan y los colores que tus ojos te regalan se funden en una amalgama incomprensible. 

«Sabes que tienes hambre» te susurro al oído. Sabes que estás cansado, sabes que no puedes más, sabes que soy más fuerte y sabes que ni tú, ni el fuego ni las hojas que crees que te conectan a tu divinidad pueden conmigo. Lo sabes y notas mi caricia y el respirar de mis hermanos. Tus sentidos te gritan que corras, tus sentidos te gritan que huyas. Hazles caso.

—Idos. —Tu voz intenta sonar firme y te acercas al fuego—. Voy a protegerlo. Voy a protegerlos. Soy Ragnfast Kolbeinsson y mi sangre os ha detenido desde el origen de los tiempos.

«Tus antecesores eran fuertes, no tú».

—Mis ramas previas comen del Sæhrimnir con el sol y el alba. Mi árbol es fuerte y mi ascendencia me protege, solo sois las voces que el Nidhogg  manda para debilitarnos, para hacernos caer.

Escuchas el coro de risas que somos y de nuevo el silencio. Pero no te engañes, el fuego aún arde. No te relajes, aunque las luces titilen, los sonidos del mundo brillen en colores y tu cuerpo sepa a tierra. El agua te recorre y las lágrimas te huyen. Eres débil. Eres débil. ¡Eres débil! Y el temblor de tu cuerpo en el suelo lo grita, como lo hacen tus acentros y como hacemos nosotros hasta que el tronco se convierte en ceniza y tú te duermes.

Cuando despiertas no nos ves, no nos oyes. Sonríes para ti con satisfacción cuando comes y te ves libre. Nosotros solo tendremos que esperar. Al final, no somos Nidhogg, somos tú.

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