El tronco acabó
de partirse con un crujido satisfactorio y el árbol se desplomó, levantando un
revoltijo de nieve. Liv se detuvo a observar cómo varios hombres levantaban con
cuidado el abeto, que adornaría el Gran Salón durante el Yule. Era alto y
tupido, seguramente complacería al jarl.
«¿Y a los dioses?». Miró al cielo, tapizado en gris acero. Ojalá las ofrendas
bastasen para mantener alejada la tormenta.

—¡Muchacha! —Vio
a una de las ancianas del pueblo gesticulando en su dirección—. ¿Has encontrado
ya el muérdago?

—¡Todavía no!
¡Voy al gran roble!

—¡Date prisa!
Esta noche es la vigilia y debe estar todo listo.

Sus pies supieron
encontrar apoyos entre las raíces y piedras heladas hasta llegar al cerro, dominado por un árbol de tronco ancho y retorcido. El invierno lo había
despojado de sus hojas, mas no de su porte majestuoso.

Liv dejó su cesto
en el suelo, bajo una de las ramas en las que crecía una mata de muérdago, de
un verde vivo y plagada de frutos blanquecinos, y se subió con cuidado. Fue
cortando un tallo tras otro con su hoz, dejándolos caer al cesto.
Estaba tan concentrada que no se dio cuenta del momento en que la niebla
engulló el bosque a su alrededor. Fue un golpeteo sordo el que la sacó de su
abstracción, y se percató de que hacía rato que no oía el aleteo de pájaros ni
el susurro del aire.

En la bruma
comenzó a dibujarse una silueta oscura. Liv se inclinó, expectante, y vio
horrorizada cómo un lobo descomunal surgía de la blancura.

Una carcajada a
su izquierda la asustó tanto que perdió el equilibrio. El golpe, aunque amortiguado
por la nieve, la dejó sin aliento. Apostado en una de las ramas, un hombre
esbelto la contemplaba con una sonrisa torcida y la malicia destellando en sus
pupilas. Mientras, el lobo se aproximaba, inexorable, todo ojos candentes
y caninos afilados.

—Es curioso cómo
los mortales celebran cada nacimiento —habló el hombre, jugando con una rama de
muérdago entre las manos—, mas rehúyen la muerte como si no fuese la otra cara
de la misma moneda.

Liv soltó un
gemido y retrocedió, en un vano intento de poner distancia con el monstruoso
animal.

—Esta noche los
tuyos celebran un nuevo comienzo. Sin embargo, cada inicio conlleva un final.
No lo olvides.

La bestia abrió
sus fauces y su aliento fétido le golpeó el rostro. Liv se apretó contra el
roble, queriendo fundirse con él, y cerró los ojos.

—¡Muchacha! —Liv
dio un respingo. Parpadeó varias veces, escrutando sus alrededores, y vio a una
de las ancianas del pueblo gesticulando en su dirección—. ¿Has encontrado ya el
muérdago?

—Eh…

—¡Date prisa!
Esta noche es la vigilia y debe estar todo listo.

Liv tragó saliva
y asintió.

Con pasos
apresurados, sin dejar de lanzar miradas sobre su hombro, llegó al cerro. Un
estremecimiento la sacudió de arriba abajo. Allí, impresas en la nieve, estaban
las enormes huellas de un lobo.

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