El cuerpo de Jörgen oscilaba mientras sus párpados luchaban por mantenerse abiertos. El calor que emanaba del inmenso tronco del Yule ruborizaba sus mejillas y, mientras lo vigilaba, ahogaba efluvios de vapores alcohólicos. Su familia e invitados dormitaban a su espalda, envueltos en un mar de pieles y trozos de carne de cabra. Cada vez que cerraba los ojos y los volvía a abrir, tenía la vaga sensación de tener la cabeza más cerca del suelo.

Hasta que el vértigo de una caída le sobresaltó.

De repente, Jörgen se encontraba en medio de un extraño poblado, el más grande que jamás hubiera visto. Algo le decía que había abandonado Midgard, pero no tenía ni idea de qué mundo pisaba. Hubiera dicho que era Jötunheim, el mundo de los gigantes, a juzgar por la cantidad de estructuras verticales que se hincaban en la tierra y se elevaban hasta perderse de vista.

En ese momento, notó bajo sus botas un tacto familiar que le trajo recuerdos de terror.

Bajó la vista para comprobar que se encontraba en el centro de un lago helado. Cayó a tierra dando gritos y gateó con dificultad hasta la orilla. Se abalanzó al otro lado de su cerca blanca y, sintiendo por fin terreno firme bajo sus pies, advirtió que aquel lago estaba habitado por una especie de duendes de colores que revoloteaban en círculos sobre el agua helada, y se mofaban de sus esfuerzos por mantenerse a salvo.

Maldijo entre dientes a Jötunheim y sus duendes, y, al darse media vuelta, se topó de bruces con una imagen que le hizo caer de rodillas: Una gigantesca figura semidesnuda flotaba suspendida en el aire, y, tras ella, un árbol inmenso refulgía con frutos brillantes y una estrella del firmamento como corona. Sin duda era Yggdrasil, el árbol de los Nueve Mundos, y la figura ante él, el dios Heimdall, su guardián, que a ojos de un simple midgardiano parecía hecho de oro puro. A sus pies, Jörgen recitó una antigua plegaria para que la visión del dios no le fulminara, pero al poco de empezar, sintió una extraña presión en el pecho, y su rostro empezó a arder.

En cuestión de segundos, Jörgen se encontró brincando y dando voces en el medio de su cabaña, dándose manotazos en la cara para sofocar el fuego. Su esposa, hijos, y parientes se despertaron sobresaltados y acompañaron su baile con unas tremendas carcajadas. Los niños corrieron a su encuentro imitando sus aspavientos, y Jörgen tomó conciencia de lo que había pasado.

Contempló a su familia revolcarse de risa y jugar a su alrededor, y comprendió que los dioses habían decidido devolverle a Midgard para que terminara de celebrar el Yule con sus seres queridos. “Ya habrá otras batallas en las que morir”, pensó, mientras apagaba con los dedos sus humeantes bigotes, y perseguía a sus hijos como uno de esos gigantes que, esta vez, no había podido contemplar.

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