—Libertad bastarda. Ramera disfrazada de privilegio —gruñó arrojando una piedra a la agonizante hoguera. Las chispas revolotearon, escapando de la caverna por resquicios invisibles en las alturas, mofándose del joven atrapado en su interior.

Había sido burlado, engañado como a la cabra a la que rebanarían el pescuezo durante las celebraciones. Pecho henchido por llevar a cabo una misión honrosa. ¡Estúpido Aedan! El ridículo esclavo destinado a cuidar de las cabras, había sido bendecido con la libertad, a cambio de proteger la aldea en la gran noche.

La gran hoguera ya ardía en el centro de todas las miradas, su crepitar rugiente se unía al son de los cánticos, delicia de vivos y recordados. Mientras él, lanza en mano, había sido enviado al bosque.
Hacía noches que una manada de lobos rondaba la aldea. La Luna esquiva les había protegido de las flechas, y el invierno había decidido arrojar su última ventisca, borrando todo rastro a seguir. Los hombres estaban cansados de perseguir sombras en los bosques. Pero durante el solsticio, la sangre sería derramada en debido sacrificio, y aquello atraería indeseables.
Nada debía arruinar el Yule. El mundo renacía un ciclo más, el invierno había sido duro, pero la estación hostil se retiraba derrotada. Las nieves cedían, los campos ofrecían sus mieses, las aguas se abrían devolviéndoles al mundo y las bestias retrocedían a los montes.
Y allí estaba Aedan, tragado por el bosque, abrazado a una llama titilante, aferrado a una lanza que repiqueteaba junto a sus dientes. Carnada enviada a proteger las celebraciones.
—Estúpido cebo. Un festín más accesible que las cabras de la aldea —escupió, arrepintiéndose en cuanto la saliva siseó sobre el fuego. Si la hoguera moría, moriría con ella. Había escogido mal cuándo tropezar con aquella zanja. Debía sobrevivir a las sombras en la noche más larga del año, y el reino de la oscuridad no iba a retirarse sin dar unos últimos coletazos fieros.
La noche le lamía, cruel, exhalando hielo que traspasaba su alma. Los lobos corrían por los bosques, celebrando su rastro.
Empuñó la lanza, esperando las dentelladas ardientes. No tardó en oír las pisadas crujiendo sobre la nieve. Un chasquido le sobresaltó.
Tragó saliva espantado. En su boca notó el sabor del aguamiel, en su lengua el amargo de los hongos que Aedan el cabrero le había dado.

Aedan el esclavo…

Abrió los ojos en dolorosa confusión. En su mente aún el recuerdo del esclavo haciéndole lamer el cuenco con la mezcla. Marchándose después entre vítores, lanza en mano hacia la noche eterna.
Frente a sí estaba el pueblo rugiente, jubiloso. Un cuchillo brillaba en la mano del hombre que le sujetaba. Los canticos eran jolgorio y veneración. El pueblo vencía al invierno una vez más.
Intentó huir, comprobando con terror que sus patas estaban atadas. Fue lo último de lo que fue consciente. El brebaje le abandonó, devolviéndole por completo a una realidad que el esclavo no había conseguido evitarle. Abrió la boca para gritar.
Tan solo baló.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Midyakri @Midyakri hace 7 meses

    Beeee, bee. ¡Beee be!
    O lo que es lo mismo, gran suspense. Excelente relato. Dificil. Tunante. Dificil.


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