Me recojo el cabello en un moño y salgo de casa.

La nieve lo cubre todo, incluso mi visión. El viento sopla con la fuerza de una manada de renos desbocados, enreda mi pobre barba y lucha por desequilibrarme, sin éxito. El frío pronto hace mella en mis huesos y la idea de volver al hogar, junto al fuego y mi familia, es demasiado tentadora. Pero no lo hago: ahí dentro me duele el corazón. De no ser por mis nietos este año no habría celebrado Yule.

Avanzo un par de pasos. Mi cuerpo maltrecho lo siente como si hubiera caminado durante horas. Me detengo y miro hacia atrás.

No puedo ver la granja.

El manto blanco arrastrado por el viento es más denso de lo que creía. Retrocedo. Sigo sin ver nada y la ansiedad crece en mi pecho, por encima del frío punzante que me impide respirar con normalidad.

De pronto distingo una figura oscura entre la bruma.

Grito. No me oye. Así que doy un par de pasos más. A penas me he movido, pero veo la silueta mucho más nítida y cercana. Tampoco entiendo por qué ahora mi cuerpo es mucho más ligero y cálido: ya no siento frío ni dolor... Parece que volviera a tener quince años.

Corro hacia lo que sea que tengo en frente. El viento cesa. Solo estamos un par de tilos, la figura encapuchada y yo, todo bajo un cielo gris y a penas cinco pasos de distancia sobre la nieve. No hay más a mi alrededor, ni percibo sonido alguno.

Suspiro y me veo las manos, arrugadas y moteadas. Sigo siendo un viejo. Quizás me he muerto y por eso ya no siento el reuma, aunque no he visto ni oído ningún cuervo: no puedo estar seguro de ello.

—¿Quién o qué eres? —le pregunto.

Se baja la capucha y su cabello brilla con la fuerza del sol. Por un segundo creo que una valkiria ha venido a buscarme, pero desecho la idea en cuanto se gira. Veo su rostro, y el mío se petrifica, anegado. Sus ojos de menta me sonríen igual que en mi memoria. Yo me cubro el rostro para que no me vea llorar.

Ninguna hija debería ver llorar a su padre.

Quizás sí que es una valkiria, después de todo; aunque se haya quitado la armadura para venir a por mí.

Oigo pisadas que se aproximan.

Cuando aparto las manos para verla me encuentro sumido en la oscuridad, y de golpe, regresa el frío.

Es solo un instante. Un pestañeo en el que tiran de mí.

Abro los ojos. Tengo que parpadear un par de veces antes de lograr enfocar las caras de mis nietos y mi nuera, que se alegran al verme consciente. Yo les sonrío, con algo de pena en el corazón, y dirijo mi vista al fuego donde todavía arde el tronco de Yule.

Dejo escapar un suspiro.

Supongo que los dioses todavía no me necesitan, pero mi familia sí.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar