Se le cierran los ojos. Sentado en la silla, relajado al fin, observa, adormilado, cómo su hija agita las coletas debajo del árbol que habían conseguido encajar en la casa. Su hijo mayor está orgulloso de haberlo llevado él solo y alardea de que podría ser un hijo de Yggdrasil.

Se le cierran los ojos. El olor fuerte del asado flota por la estancia, revolotea por las paredes, juguetón y todo lo invade con su esencia, que le recuerda a otros Yules, con su padre, ajeno a los problemas del mundo y con el solo propósito de hacer callar aquellas tripas cantarinas que tanto hacían reír a su madre.

Se le cierran los ojos. Ve la risa de su mujer, de mofletes rellenos y caderas anchas, como buena vikinga, esposa y madre, ojos encendidos de orgullo por sus hijos de y de amor por su hombre cada vez que lo mira.

Se duerme mirando a sus ojos.


Ruido.

Golpes.

Alguien habla, en tono grave y fuerte.

Abre los ojos.

Tras un extraño velo que parece cubrirle el rostro distingue una decena de ¡gigantes! Todos lo observan esperando, mientras el que tiene enfrente, impresionante, inmenso (Thrym, recuerda en ese momento sin saber por qué), se frota las manos nervioso. Gira la cabeza y ve a otra mujer con velo (no, ¡es Loki!) con la mirada tensa y fija en él. Resbala por su cuerpo y acaba clavada en algo que tiene sobre las piernas. Algo muy pesado.

Baja los ojos. Y lo ve.

Eleva un brazo como la pierna de un buey y agarra el mango de Mjölnir.

Y sonríe.

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