Iury lanzó el hacha lejos y murmuró una maldición que sonó más como un quejido lastimero. Con las prisas, se había clavado una astilla del mango. Y lo peor de todo, el tronco seguía a medio cortar, insultándole desde el suelo con sus vetas como facciones.

Su padre tenía razón: era un flacucho esmirriado, y ni siquiera tenía fuerzas para traer un tronco de Yule a casa. Ya se estaba imaginando su cara. Torcería la nariz a un lado y después diría: "Está claro que si quieres el trabajo de un hombre, tienes que enviar a uno". Por eso le había puesto un nombre de niña. Para que se riesen de él en el poblado.

El chico se frotó los hombros de forma inconsciente. Pronto se le echaría la noche encima, y las de la época del solsticio significaban sombra y frío. De todas formas, Iury prefería perder los dedos por culpa de las heladas a que su padre se los cortase por no cumplir la única tarea que le había encargado hacer. Decidió pues, recoger el hacha de nuevo y calentarse con su propia ira.

Pero el chico olvidaba los lobos... Un gruñido salió de los árboles.

     —¿Hola? —preguntó, por si se trataba de una persona.

Agarró la herramienta con las dos manos y echó los hombros hacia atrás.

Grrrrr.

Iury echó a correr entre las copas de abetos, volcando la nieve que sostenían sobre sus ramas. Tal vez lograse engañar a alguien en la aldea con el truco de sacar pecho para parecer mayor, pero a los lobos no. Se le echarían encima y roerían la piel de sus huesecillos incluso antes de que Iury pudiera levantar el hacha. En algún momento debió resbalar con una placa de hielo, porque perdió la vertical y golpeó con la cabeza en el suelo.


Cuando abrió los ojos de nuevo, ya estaba amaneciendo.

     —Ya creía que estabas muerto. —Se giró para descubrir a su padre—. Llevo toda la noche buscándote.

     —¿No estás enfadado? Al final no traje el tronco...

     —El Yule es sobre la familia, chico, no sobre el tronco.

Y después enseñó una sonrisa de dientes cuadrados, enmarcados por su barba oscura como huevos en un nido.


Alguien le dio una patada con tanta fuerza que enderezó de nuevo a Iury sobre el suelo. Seguía siendo de noche, aunque la luna ya había salido.

     —Qué idiota, al final te has dormido. —Cuervo lo observaba desde arriba—. ¿Te has meado encima?

Iury notó cómo se le coloreaban las mejillas. Se puso de pie con esfuerzo, aunque no gracias a Cuervo, que lo miraba con media sonrisa patética.

     —A papá no le va a gustar. —Se dio la vuelta para iniciar el regreso.

Iury se quedó quieto un momento, como dudando. Se había olvidado por completo de su padre. Después inició su marcha, pero corriendo y en dirección contraria.

     —¡Eh, pero qué haces!

Y así fue como Iury escapó de casa. Con los pantalones mojados y en el día de Yule.

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