No despiertes aún. Necesito unos segundos más, te prometo que solo será un instante. Deja que mi voz se filtre por entre las capas del sueño y la lucidez. Deja que mis palabras deshagan la bruma de los sueños en la que te sumiste, que acaricien tus pensamientos, que desentierren tus recuerdos. Deja que el timbre de mi voz te meza y te acompañe a un nuevo despertar. Sé que llevamos tiempo sin hablar, que tal vez suene diferente a aquellas otras voces que tiempo atrás albergaron el honor que hoy me ha sido concedido. No importa, solo soy un mensajero. Lo trascendente, lo relevante, es el contenido del mensaje. No porto buenas noticias. Observa mis palabras, advierte cómo el vaho las transforma poco a poco en los rostros de todas aquellas personas a las que no volverás a ver. ¿Recuerdas que te despediste de muchas de ellas? Sé que intuías su adiós, aunque no por ello aplaque tu tristeza. Sin embargo, son las otras, las imprevistas, las que incluso eran tan jóvenes que no has llegado a conocer, esas son las que hielan todavía más tu alma. ¿O tal vez debería decir que la derriten, que la consumen?

Un escalofrío me atraviesa como un carámbano de hielo. No despiertes, por favor, aguanta un poco más. ¿No oyes los cánticos bajo el árbol? ¿No hueles el aroma del abedul al prenderse? Sobre las ascuas están escritos los nuevos nombres: Olavi, Henna, Janne… aquellos que aún no conoces y que aguardan con una mezcla de esperanza y temor que poses sobre ellos tu luz y tu níveo abrazo. Atrás quedaron las cenizas del tejo y el acebo. Déjate envolver por la fragancia de la hiedra para que revitalice tus gélidas articulaciones. Despereza tu manto, airea tu vendaval y saborea la ternura de la cabra postrada ante tu llegada.

Despierta, ahora sí, y déjate guiar por las palabras de este humilde tomte. Despierta y acaba con la oscuridad más extensa en este día. Despierta, mi muy añorado Invierno.


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