Camino hasta el árbol. Tengo que llevar el cordero entre brazos porque es tan blanco que se volvería parte de la nieve si la toca. Los copos que caen alrededor de mis pies descalzos crean una capa mullida cuya tibieza sube por mis piernas y me envuelve. Me siento con la espalda apoyada en el tronco de Yggdrasil y espero con los ojos cerrados.

Sus pasos se acercan a mí con lentitud. Cuando abro los párpados la veo de pie delante de mí. Mi abuela, con la misma actitud fuerte y amable de siempre.

—No tengas miedo —me dice sin mover los labios.

La cara de una niña se asoma por el lado derecho de su falda. En sus ojos verdes reconozco los míos. En su expresión, mis inseguridades. Le sonrío para tranquilizarla y es mi madre la que me devuelve el gesto. Ya no está detrás de mi abuela, sino a su lado.

Las dos mujeres se sientan delante de mí y besan con delicadeza el cordero que ahora duerme en mi regazo. Cuando mi mirada vuelve a posarse sobre ellas, tienen la forma de dos figuritas de piedra en un altar que se llena de frutas y ramas de abeto. Cuanto más grande se hace la ofrenda, más se ilumina todo. Baldur, la luz del mundo, me envuelve, y su creadora, la diosa Frigg, camina hacia mí.

—No tengas miedo —me dice, al igual que mi abuela. Su voz resuena en mi cabeza. —La criatura vive en ti y tú estás preparada.

Ella también besa al cordero, que sigue dormido. Después, pone la mano sobre mi vientre y envía un hálito lleno de vida dentro de mí. Sin apartar la mirada de mí, se sienta junto a mi madre y mi abuela. Como ellas, pasa a formar parte de las figuras de piedra.

A mi alrededor, la luz celestial cambia por la de la fogata. La aldea está reunida bajo las estrellas para festejar y honrar el poder materno durante Mōdraniht. Distingo el brillo de Frigg en cada una de las figuras de las ofrendas.


Las caricias de Lodvig me despiertan. Ha encendido el fuego y me espera para que tallemos las piedras. Luego, iremos a seleccionar las ramas y los frutos para nuestro altar. Estoy un poco nerviosa después del sueño, pero su sonrisa me asegura, sin saberlo, que todo va a salir bien. No hay mejor día para hacer el anuncio que este. En cuanto llegue el crepúsculo veneraremos la fertilidad y el poder de Frigg. Sin dormir en la noche más larga del invierno, se la dedicaremos también a las madres que ya no están y les pediremos que nos sigan guiando. Tomo su mano, que envuelve la mía, y le susurro:

—El Yule que viene, seremos tres celebrando Mōdraniht.

Su abrazo despega mis pies del suelo. Mientras me besa, siento sus lágrimas mojar mi cara. La habitación da vueltas y se llena con nuestras risas. Y el miedo se desvanece.


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