Todo debía estar perfecto, repetía cada año su madre, cuando al anochecer llegasen los demás. Sus abuelos y sus primos llegaban desde el otro extremo del país para celebrar Yule con ellos, y les debían la mejor hospitalidad.

Empujándolos suavemente con un dedo, Ibsen colocó los cubiertos torcidos en su sitio. El roce de metal contra madera resonó como una estampida en el comedor, y fue eso lo que alertó al chico de que algo no iba bien.

Era curioso, impensable, que hubiera tanto silencio en el pueblo. Aún faltaban varias horas para la cena, cierto, pero la gente ya cantaba puerta por puerta, aunque no pudiera escuchar ni una sola nota. La cabra de las ofrendas ya paseaba por las calles cubiertas de nieve blanca, aunque no pudiera escuchar ni uno solo de sus balidos.

Pero el silencio iba incluso más allá de todo eso. Los tíos de Ailsa y Gerd, los hermanos que vivían enfrente, siempre aparecían temprano por la tarde. A menudo salían a jugar con la nieve, y sus risas eran un eco constante durante la noche.

También solían escuchar las quejas de su padre. Que si el jamón estaba crudo, que si el fresno que adornaba el salón estaba mustio, que si no había suficientes velas, que si...

De eso, de las velas, no podría quejarse ese año. Ibsen había encendido muchas. Eso lo sabía. Y también había traído el tronco antes de tiempo, para asegurarse de que ardía con fuerza cuando al anochecer llegasen los demás.

Quería preguntarle a sus padres, a cualquiera de los dos, si podía hacer algo más. Pero cuando gritó para llamarles, el silencio se tragó su voz. Como si estuviera susurrando, como si fuera una diminuta hormiga entre las raíces de Yggdrasil.

El telar era naranja. Ibsen llegó a la cocina. Vacía. Los bancos eran naranjas. Y al granero. Nadie. El trigo era naranja. Luego fue al patio. Desierto. La nieve era blanca. Y el aire era negro...

Y mientras Ibsen caminaba descalzo por un suelo helado sin frío, la casa se quemaba al anochecer.

Había demasiadas velas. Ibsen se dio la vuelta, aún dormido. Su padre había salido a ver a los tíos de Ailsa y Gerd, a brindar con los amigos. Su madre había salido a cantar puerta por puerta, a brindar con los árboles. Había demasiadas velas y la casa se quemaba.

Como en el sueño, el telar era naranja. Y los bancos, y el trigo. La nieve brillaba naranja, aunque Ibsen soñaba con una nieve blanca.

Y el aire era negro. Dentro de la casa, y también fuera. Densas columnas de humo oscuro salían por la claraboya del techo y las estrechas ventanas. Los vecinos horrorizados intentaban apagar el fuego lanzando nieve, pero el humo subió y el tejado se hundió y las paredes se hundieron y todo era naranja. Naranja, blanco y negro.

Y mientras Ibsen caminaba descalzo por un túnel radiante sin luz, su alma se marchaba al paraíso.

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