Briana corre por el bosque. Como cada víspera del solsticio de invierno, los robles y los fresnos se inclinan con el peso de la nieve. El crujido de sus ramas suena a lamento. El manto blanco que cubre toda la tierra intenta retenerla, pero Briana no para ni mira atrás. Quiere vivir.

Algo la asusta y la fascina: entre los árboles surge una cornamenta. Al principio, parece un ciervo. Pero aquellas astas no pertenecen a ningún animal, sino al ser por el que tendrán lugar las festividades de Yule, donde ella debe ser sacrificada.

—Cernunnos —llama. Su voz está teñida tanto de pavor como de devoción.

La figura sale de entre los árboles. Acaricia sus troncos mientras pasa junto a ellos. Es tal y como Briana imaginaba. Un hombre de poderosa musculatura, con astas coronándole como el señor y padre de todos.

—Briana. ¿Por qué huyes? Eres mi sacrificio —su voz no suena a reprimenda, sino a pura evidencia.

—Quiero vivir —se sincera ella—. Unos demonios me persiguen.

Cernunnos sopesa unos instantes. Examina a Briana, arrebujada bajo sus pieles escarchadas.

—Si quieres vivir —sentencia— te enfrentarás a ellos. Regarás este bosque con su sangre.

Cernunnos se marcha sin más. Sabe que Briana obedecerá. Como todos.

Así comienza la cacería. O así cambian las tornas, pues la presa se convierte en la cazadora. Briana sabe que Cernunnos siempre otorga lo que promete, así que hace acopio de valor y se dispone a hacer lo que más desea: sobrevivir.

No tarda en acabar con el primero de los demonios. Lo ha esperado pacientemente, oculta en el tronco hueco de un roble milenario. Cuando pasa cerca, Briana se tira al suelo con un grito salvaje y le secciona el tobillo con su cuchillo de hierro. La criatura se desploma entre alaridos y Briana lo apuñala hasta que deja de moverse.

El segundo no tarda en aparecer. Parece enfurecerse aún más cuando descubre a Briana todavía sobre su compañero. La persigue, está a punto de alcanzarla varias veces, pero Briana ha sido bendecida por su dios. Y es bastante más pequeña que la voluminosa criatura. Así que el lago helado por donde escapa soporta su peso, pero se traga al monstruo.

El tercero la arrincona. Le gruñe haciendo aspavientos con los brazos. Es viejo, decrépito, débil. Así que Briana se lanza a por él, le raja el cuello y en un frenesí enloquecedor le arranca el corazón del pecho para ofrecérselo a Cernunnos.

Las astas llegan casi al instante. Pero no son de ningún dios, sino de un simple ciervo. El demonio que yace muerto junto a ella ha cambiado de forma, y ahora es el archidruida del poblado. Entonces, Briana es consciente de su transgresión.

Las drogas que le hicieron consumir para purificarse han dejado de surtir efecto. Todo ha vuelto a la normalidad. Solo hay una forma de limpiar su alma. Alza el cuchillo en alto. Tras ofrecerle su vida a su dios, se lo hunde en el pecho.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Midyakri @Midyakri hace 7 meses

    Me gusta mucho el final, creo que le da un punto circular. Empieza sabiendo que la van a sacrificar y acaba sacrificandose. Creo que consigues la atmósfera de "ir fumada" alucinando. ¡Buen relato!


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