—Feliz Yule —dilo María poco antes de la medianoche, mientras levantaba su copa de vino blanco.


Incliné mi botellín de cerveza hacia el brindis. La velada había transcurrido entre la nostalgia y la incomodidad de un grupo de amigos que lleva un año sin verse: anécdotas divertidas, recuerdos vergonzosos y malabares dialécticos para rodear como fuera al elefante que había en la habitación. María nos había reunido en su casa con el pretexto de celebrar el solsticio de invierno, la festividad con la que los neopaganos habían sustituido la navidad para poder seguir colgando lucecitas y comprando regalos. El plan era cenar juntos y beber hasta el amanecer. 

—A Laura le habría encantado estar aquí hoy —continuó María con los ojos húmedos. Se le quebró la voz. Ahí estaba el elefante. Alguien la abrazó y el grupo cambió rápidamente de tema. Todos comprendíamos el dolor de una pérdida recuente, pero nadie se sentía con fuerzas para enfrentarse a ello directamente. 
La anfitriona ya no permitía el tabaco dentro de casa, así que me levanté para salir a fumar. Afuera hacía frío y los alrededores de la casa de campo estaban a oscuras. El cielo estaba cubierto por un manto de estrellas. Todas las culturas han venerado el solsticio de invierno: el día en que la luz vence a la oscuridad y las noches empiezan a ser más cortas. El instante en que las sombras que separan los mundos son menos espesas. La medianoche.
En el momento que puse un pie fuera de la casa me asaltó una sensación de vértigo, como al saltar un escalón bajando las escaleras. Debió durar sólo un segundo, pero en mi memoria es un caída infinita a través de la negrura. Un sueño oscuro en el que las posibilidades se desplegaban. Me vi a mi mismo de pie fumando bajo el cielo estrellado, me vi resbalando en el hielo de la entrada, y me vi en infinitas situaciones distintas que nacían del momento actual como las alas de una campana de Gauss. Contemplé innumerables realidades. Infinitos universos, cada uno menos familiar que el anterior, brotaban de aquel momento y se alejaban a toda velocidad en el eje de la probabilidad. Y en el borde de mi visión, dónde no alcanzaba la luz, algo acechante. Y grité sin voz.
Me espabiló el golpe contra el suelo congelado. Miré alrededor, aterrado, me levanté y tiré el pitillo para volver al interior. Pasaba un minuto de la medianoche.
Dentro hacía calor y olía a tabaco.
—Creía que habías ido al baño —María me recibió con una amplia sonrisa. La fiesta continuaba tal y como la había dejado: la decoración hortera de luces y muérdago, las risas incómodas y el fuego ardiendo en la chimenea.
—He salido fuera, a fumar —balbucee.
—¡Pero cierra la puerta! —gritó Laura saliendo de la cocina— Nos vamos a congelar.
Y en ese momento, me encontré conmigo mismo saliendo del baño.

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