El fuego siempre está hambriento y devora implacable el tronco de roble decorado por Elina con trozos de acebo y abedul. Ella contempla con la mirada perdida cómo el fruto de sus esfuerzos por honrar el recuerdo de su madre desaparece, como todos a su alrededor. Iba a ser el primer Yule que su hermano Aren y ella pasarían solos, y se ha convertido en su primer Yule en la más absoluta soledad. El sol ha despertado, pero Aren no. Y jamás lo hará. 

Deja de manosear la cabra de paja que ella misma ha trenzado y la lanza a la hoguera. ¿De qué sirve luchar si el destino ha decidido condenarla? Ya no le quedan lágrimas, ni esperanza. Sin madre a la que ayudar ni hermano que responda por ella, Elina no es nadie. Tendrá que casarse, y quedará atada a una vida que no quiere.

De pronto, se escucha un aleteo y una lechuza surge del humo que escapa por la claraboya. Su plumaje es más blanco que ninguno que ella haya visto antes. Posada en el extremo del tronco que aún no ha ardido, clava en la muchacha sus ojos azules. Es indudable que su mirada es humana y Elina la reconoce al instante.

—¿Mamá?

—Mi pequeña. —Su voz arrastra un cálido ulular.

—Es imposible. Estás…

No puede terminar la frase y su madre lo hace por ella:

—Contigo, siempre contigo.

—Pero…

En esa ocasión es un portazo a su espalda lo que la interrumpe. Elina se gira y ve a su padre junto a la entrada. Está igual que la última vez que lo vio, antes de zarpar. Parece que los años tan solo le han restado un poco de color a su piel. 

—¡Papá, has vuelto! —Corre hacia él y le abraza. Está empapado, aunque no llueve. 

—No te dejaría sola en un momento así, cangrejita. 

Un escalofrío recorre a Elina y su corazón se encoge.

—Yo también voy a morir, ¿verdad? Habéis venido a buscarme.

Su madre vuela hasta el hombro de su padre. La carcajada del hombre suena a tempestad. La del animal a crujir de ramas secas

—Claro que morirás, cangrejita, como todos. La pregunta que realmente importa es si vas a vivir. 

Elina frunce el ceño.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco entendía por qué te empeñabas en navegar conmigo. Vestida con la ropa de tu hermano, siempre lograbas engañarme. Pero ahora lo comprendo: querías ver mundo.

—Y aún lo desea, querido. Ojalá existiera una manera. —Le guiña un ojo celeste y, antes de que pueda replicar, ambos se desvanecen. O quizá nunca han estado ahí.

Elina, todavía confusa, se acerca al lecho donde yace su hermano gemelo. Mirarle es como contemplar su propio cadáver. Y también la llave de su libertad, que sus padres han querido mostrarle. 

Se corta la trenza con un cuchillo y la arroja al fuego, que sigue hambriento. Por eso consume su pasado como Elina. Hará creer al mundo que ha muerto y, convertida en Aren, partirá en el siguiente barco. Tras el día más oscuro, nacerá un nuevo año, y con él su nueva vida. 


 

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