A los pies de un nevado fiordo nació mi pueblo. Tenemos una historia breve, no llega ni a los dos siglos, pero es una historia de la que estar orgullosos. La madera de las casas y empalizadas fue entregada por los propios Æsir, por eso han aguantado los constantes envites de nuestros indeseables vecinos. Aunque este año, nos tocó a nosotros ser los indeseables vecinos, pero Ull siempre ha estado de nuestra parte, no iba a ser diferente esta vez.

Este Yule era especial, cada Sköl que salía de mi boca iba para mi padre, mis hermanos y mi amada escudera, ellos estarían haciendo lo mismo desde el Valhalla. Era una celebración alegre, pero no conseguía estarlo. Debía alegrarme por la marcha de mis compañeros, pero su ausencia entre nosotros tenía más fuerza aún. Sentado, observando bailes en torno al leño prendido y guerreros cantando y brindando con sus jarras de madera rebosantes, comencé a sentir que cada segundo pesaba más que el anterior. Empecé a marearme, era desagradable, como si el mundo frenase exponencialmente. Los segundos se tornaron minutos, los minutos horas, y las horas, días. Nadie parecía percatarse de nada, hasta que acabaron congelados, el tiempo se había detenido.

Tardé varios segundos en recomponerme, aunque no sé si segundos sería la mejor expresión para el caso. Me golpeé la cara para despertar, pero no parecía un sueño. Me puse en pie y caminé observando a mi gente. No tenía rumbo, tenía tiempo, irónico, justo cuando quería que el tiempo pasara deprisa, me vi obligado a sentir el mismo segundo durante horas.

Me atreví a tocar la cara de Aren, una caricia leve por su pómulo pronunciado por la sonrisa. Ni se inmutó, sin embargo, yo sentí su áspera piel en mis dedos. Retomé mi camino sin rumbo y sin tiempo, atravesando casas ajenas para ver a mis compañeros y amigos celebrando el solsticio. El pueblo terminó ante mis pies, en la arena nevada de la costa del fiordo. Más allá, el extenso mar que se perdía en el horizonte reflejaba las líneas de colores que el firmamento brindaba y las estrellas que acompañaban, aquella noche la preciosa luna menguante.

No me hubiese importado estar encerrado en ese instante eternamente, es más, ¿podía la vida durar un instante? El miedo se apoderó de mí, aquello hubiese significado morir deshonrosamente como anciano e ir a Helheim, donde nunca me volvería a encontrar con mi gente. Caminé de vuelta al lugar donde, mi pequeña familia no habría notado nunca mi ausencia durante aquellos minutos. Me volví a sentar donde estaba y esperé a que el tiempo retomase su curso. Sin tiempo es difícil saber cuánto pasé allí sentado hasta que, poco a poco todo volvió a moverse y las celebraciones continuaron.

Nadie parecía haberse percatado que el mundo se había parado, para ellos fue una simple fracción de segundo.
Para mi, fue un momento eterno. Algún día me iré y nunca sabré si fue un sueño.


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