Encendí una vela y la dejé en la ventana como manda la tradición. Gyda, mi hermana pequeña, me seguía por toda la casa. Ya tenía edad para comprender el Yule y parecía entusiasmada con mis explicaciones.


Las tortas de castañas, el pavo asado y el pastel de nueces ya estaban servidos. En la noche más larga del año, en la que Dios renace y trae consigo la esperanza, no se escatimaba en gastos. Gyda se escapaba de vez en cuando hasta la ventana. Intentaba ver a Odín cabalgando por los cielos y descubrir si haría una parada en casa para dejar sus regalos. Pero madre cerró todas las contraventanas de madera, así que a la pequeña Gyda no le quedó más remedio que salir al patio a esperar a Odín. Al sentarnos a la mesa descubrimos su ausencia, pero no fue lo único. Mi familia de repente aparecía vestida con ropas antiguas, una cabra merodeaba cerca de la mesa y en el suelo ya no había tarima, solo piedra y alfombras de piel. Yo me ofrecí a salir a buscarla y, de paso a despejarme, últimamente tenía mucho estrés peque aquello se me iba de las manos. Bera, nuestra hermana mayor y también vestida como una vikinga, me cogió la mano y salió conmigo, en el patio ya no había lamparas solares sino antorchas. Llamamos a Gyda y no respondió. Luego caminamos por lo que una vez fue asfalto hasta llegar al bosque, el frio penetraba en los huesos, las pestañas se convertían en pequeños cristales. Mi corazón latía fuerte y sudaba, estaba en una especie de mal sueño y Gyda no aparecía. Bera, asustada, apretó mi mano, buscando calor, esperanza. Me volví hacia ella, estaba pálida, ojerosa, me interrogó con la mirada. Algo no iba bien, las últimas luces del final de la calle, marcaban los huesos de su rostro como si fuera una calavera de ojos brillantes. Nos adentramos en el bosque, Gyda seguía sin responder a las voces. Bera apretaba mi mano cada vez más. Los susurros de los árboles se me antojaban cada vez más siniestros. La oscuridad era cada vez más densa y ya no sabía en qué época estaba o si todo era un sueño. Quería despertar, pero también quería encontrar a mi hermana.


De repente, Bera ahogó un grito aterrorizada, sin ni siquiera mirarla pude ver el cadáver. Grité —¡Gyda! —Pero no era ella, era un cuerpo demasiado grande. Al acercarme vi el rostro cadavérico de Bera —¡No! ¡Es imposible! —Grité de nuevo y traté de librar mi mano. Me volví, Bera, esa otra Bera con el rostro desencajado, seguía sin soltarme. Su rostro se iluminó con fuego, a su espalda apareció Gyda, diabólica, irreconocible y susurró con voz de otro mundo, —tú también serás mi esclava—.

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