El hijo de Haakon, el herrero, desapareció durante el Yule cuando solo contaba cuatro años y, cuando su familia recogía leña para celebrar el octavo solsticio sin él, un joven desorientado apareció en la aldea. Deambuló entre chozas y, atraído por el sonido del martillo, se plantó frente al taller del forjador.

—¿Padre?

El crío ya no era el niño rollizo que un día se esfumó. Parecía haberse alimentado de manera deficiente, sus andares eran extraños, caminaba con la cabeza por delante y a veces parecía ausente y fuera de este mundo. Incluso su cicatriz sobre la ceja ya no estaba. No obstante, ¿cómo no iba a ser el retoño de Haakon y Tyra? ¿Acaso no había buscado a su progenitor y le había reconocido como tal? Además, como era lógico, sus padres tampoco eran los mismos. El herrero perdió un ojo y su buen humor, mientras que su mujer tenía el pelo blanco y hablaba sola. Al poco de aquella tragedia habían engendrado un nuevo hijo, así que Björn se encontró, de repente, con un hermano mayor.

Lo asaetearon a preguntas durante los siguientes días. Algunas eras sencillas, otras complicadas. No contestó a todas con la verdad. Resultaba incómodo haber olvidado todas las anécdotas con las que buscaban rescatar su memoria de la oscuridad, así que optó por asentir y añadir nuevos elementos a las historias de sus vecinos. Esos detalles enriquecían el relato y lo convertían en digno de ser recordado. Los demás sonreían satisfechos y él sentía algo de calor en aquellos días tan cortos.

Frente a las tumbas de sus antepasados celebraron que estaban juntos, al mismo tiempo que recordaban a los ausentes. Darían las gracias a los dioses porque sus días más oscuros quedaban atrás.

Cuando le preguntaron al joven si colaboraría en el sacrificio a Frey y a Thor, levantó la mirada al cielo y su vista se nubló. Cayó de lado. Le pareció distinguir un carro tirado por dos carneros, mientras una figura a contraluz tiraba de ellos y su risa de trueno partía el cielo en dos. Todo se volvió negro y de en esa oscuridad se alzó el graznido de dos cuervos. Fue solo un desmayo, aunque no el primero. Al abrir los ojos de nuevo encontró a Haakon con los brazos en jarras. Este levantó un labio, gruñó, cogió su hacha y dio media vuelta para continuar con los preparativos de la ofrenda. Al chico se le revolvieron las tripas y se retiró a unos pasos de allí. Sentado en el suelo no dejó de observar la escena.

Una muchacha con muérdago en el pelo se detuvo a su lado y le miró con curiosidad.

—¿Cómo te llamas?

Lo asaetearon a preguntas. Algunas eras sencillas, otras complicadas, pero ninguna de ellas fue la que formuló la doncella.

—Loki. —Sonrio y pasó la lengua por los labios—. Encantado.

Y es que, como sucede con los dioses, hay algunas cuestiones que, aunque menores, no carecen de importancia.

Comentarios
  • 3 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar