Sentado en el asiento cubierto de pieles, al fondo de la casa, se mesa la barba mientras vigila que la llama de la vela que reposa sobre el alfeizar de la ventana no se apague. En el exterior, una ventisca azota con fuerza las ramas de los árboles y las agita con la ligereza de un diente de león. Apuesta que serán varias las que verá caer durante la madrugada.


Al fondo de la estancia distingue la silueta de una mujer que se acerca con un recién nacido en brazos, envuelto en lanas. Frente a él, inclina su pequeño cuerpo para que pueda besar su frente antes de marcharse y acostarlo. Huele a sangre y a vida nueva. Esta noche rezará a los dioses para que otorguen a la criatura y a su madre fuerza y buena salud mientras mantiene la vela encendida.


Ya a oscuras, escucha el golpeteo del oso tallado en madera que cuelga de la puerta de la casa familiar, rápido e intenso, que se mezcla con el ulular de ese viento agresivo que crece por momentos. Sin embargo, su atención se concentra en la danza hipnótica de la llama naranja que se mece con placidez y dibuja sombras en el contorno de la ventana. De pronto, todo se tiñe de blanco.


Ante sus ojos puede ver cómo la nieve se eleva hasta formar grandes columnas densas que sepultan las casas y arrasan los cultivos. Los caminos quedan bloqueados y el frío helador se apodera de la ciudad y de aquellas personas que, indefensas, marchan a pie hacia sus casas. Pero no todos lo consiguen y quedan atrapados sin posibilidad de salvación.


Con esta visión, regresa a la calidez de la vela encendida. Aterrado, mira los finos copos de nieve que caen con lentitud sobre el camino arenoso y se pregunta si Odín habrá utilizado sus ojos para mostrarle el futuro.


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