La quietud había reconquistado el pequeño comedor familiar: por fin habían apagado los villancicos y las copas perladas de vino, los restos de turrón y los muebles descansaban después de los festejos; hasta la anciana de ojillos brillantes que se había amoldado al sillón observaba inmóvil las llamas que devoraban lentamente el tronco de Yule. Ese era en realidad el único sonido perceptible del comedor, pero el crepitar se había aposentado tan discretamente en la habitación durante las últimas horas que su interrupción habría resultado alarmante, como la risa infantil que enmudece de pronto en la habitación de juegos.

Aun así, Concha necesitaba todos sus sentidos para asegurarse de que el tronco siguiera ardiendo hasta el amanecer: el calor que la alcanzaba a través de la manta que le cubría las piernas, el ruido del hogar, la iridiscencia del fuego, incluso el sabor y el olor de madera y humo.

Tenía el cuerpo dolorido y los recuerdos comenzaban a nublarle la mente. Veía a su padre, el danés de Cuenca, sonriendo, guiándola por el bosque, enseñándole a escoger el tronco más robusto, acompañándola en la vigilia de doce horas del sacrificio y regando luego con las cenizas la tierra del huerto. Algunas estaban todavía calientes cuando tocaban el suelo. Concha vio las ascuas descender del cenicero como piedras negras y sintió que le caían sobre la piel, golpeándola, quemándola, primero en los pies, luego en las piernas, los muslos, el vientre. Concha dio un grito y abrió los ojos que creía ya abiertos. 

El nisse había escapado de su prisión de encina y había subido hasta el regazo de la anciana. Se apoyaba sobre dos finos apéndices ardientes que la herían como punzones. En la pequeña bola de fuego y carbón que era su cuerpo se distinguía, o así creía verlo Concha, ojos y boca como pozos negros y se alargaba hacia ella una mano diminuta que trataba de alcanzar su pecho.

—¡Fuera, bicho! —gritó ella con toda la fuerza de sus viejos pulmones y declaró, al tiempo que zarandeaba la manta para espantar al gnomo—: No te vas a comer mi corazón.

La pequeña criatura llameante trató de agarrarse a la tela, pero no encontró apoyo y cayó al suelo, frente a la chimenea.

Concha se impulsó para levantarse del sillón. Le crujieron las articulaciones y le dolieron los músculos, pero la rabia por haber fallado por primera vez después de tantos años le dio la energía suficiente para encarrilar con la manta al gnomo de vuelta al tronco y, una vez que la bolita de fuego rodó adentro, para activar, gracias a las nuevas tecnologías, el encendido automático.

Lo poco que quedaba del tronco de Yule volvió a arder y, así, el nisse se disolvió en las beneficiosas cenizas de año nuevo.

Concha todavía respiraba con dificultad cuando oyó la voz de su hija tras ella, en la puerta del comedor:

—¿Mamá? —Alicia tenía una expresión de espanto—, ¡te sale humo de la bata!


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