La ameba gigante se arrastró fuera del arcón de zinc. El traductor electrónico sonó monocorde.

—Podemos dejarlo. Prohibido. Loco. —El primero de los peudópodos de Ramna rozó su pie desnudo. Una fragancia a rosa y anís muy tenue llegó a él como una caricia.

Rimén se desplomó sobre el diván. Replicó excitado:

—No pienses. Hazlo. —susurró.— Tómame. Lo deseo así. Sueño mares y luz. 

La informidad gelatinosa se arrastró muy despacio evitando parecer amenazante. El traductor convertía las emisiones perfumadas de los girien en fonemas y viceversa. La ameba había aprendido a asociar ese aroma básico a sí misma, aunque estaba muy lejos de reflejar su verdadero nombre. Contestó a través del sistema: 

—Oh, Rimén... Sueño... Casa amor... Loco. Tú. Yo. Oh, Rimén. —La máquina fallaba frecuentemente. No solo cada molécula emitida por una girien tenía un significado peculiar, sino que su interacción con otras matizaba, potenciaba o lo cambiaba por completo—. El aparato estúpido. No recita amor. Deseo. Matar amor. Pararé. 

Sándalo y algas frescas del mar de Calban. Daba igual lo que el traductor mecánico dijese, él sentía en cada uno de sus epitelios olfativos lo que Ramna realmente quería decir: 

—¡No! Hazlo. ¿Crees que no puedo entender lo que va a pasar? Seamos uno. Viento de sol y sueño. 

La criatura comenzó a envolver sus robustas piernas. La suavidad lúbrica penetraba su piel. Notó una sacudida eléctrica que atravesó su esqueleto haciéndolo arquearse con un espasmo:

—Ramna, no pares. Estoy dispuesto a lo que sea. A llegar al final, al final de todo. De todo. 

—Oh, Rimén. No nos comprenderán. Prohibido. Prohibido. ¿Somos mal? 

—¡No! Somos el Bien en el silencio del espacio. 

 

La estación frontera era colosal. El único punto del universo autorizado para el intercambio entre ordovitas y girien. Controlar minuciosamente cada mercancía y cada idea, mientras ambas especies se conocían y se toleraban.

—¿Cómo lo llevas? —Le dijo Gulen a Rimén señalando los muñones de sus piernas sujetos al andador mecánico. 

—Crecen bien con el tratamiento. El médico dice que en un par de meses podré machacarte al pangue.

Gulen se rio:

—No te ha visto jugar al pangue. Un accidente muy raro ¿no?

—Mala suerte. El cortador de plasma se desprendió del soporte.

—Parecería una mentira, ¡salvo porque es demasiado estúpido para serlo! ¿Qué toca hoy? —dijo mirando la cita obligatoria programada en la agenda. —¡Encuentros transculturales! ¿Poesía? ¿Un bicho lanzando olor a desinfectante? Dormiré al fondo de la sala. Si ronco dame un toque. 

—Eres un bruto. 

—¿Poesía sin versos, sin rima?... ¡Bah! 

—Ranma es una poetisa excelente. 

—¿¡La conoces!? ¿De qué? ¿Permiten los contactos uno a uno?

—No. Siguen prohibidos. Me la presentaron en la embajada, hace tiempo. —Gulen pareció sorprendido. 

—¿Y de qué hablas con eso? 

—Al principio es como un juego, curiosidad. Luego dejas de pensar en palabras para crear conceptos y repentinamente... Todo tiene un sentido profundo. Es hermoso. —Permaneció pensativo. —En serio. 

Gulen estuvo un rato callado —Es antinatural, demasiado distintos. ¡Si son cosas que aplastarías con una bota!

—De gustarte la poesía pensarías de otro modo. 

Gulen agitó su probóscide burlón:

—¡Estás loco! ¡Loco!

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