La neblina morada del planeta Wakuseeirum asaltó a Ysynyrylyty cuando esta salió de su nave espacial. Había visitado ese mundo unas sesenta veces, pero esa niebla, del mismo color que su pelo, siempre acababa abrumándola. Los ojos rojos de Ysi se habituaron enseguida al horizonte de ese planeta y pudo recorrer entonces con sus tres piernas la distancia entre el aparcamiento de naves y la majestuosa casa de Irumona.
Aún recordaba su primera visita a aquel lugar, parada de descanso natural entre su planeta, Fy_nhy, y el planeta al que estaba destinada, Henson. Aquella primera vez, cuando todavía era una jovencita de 76 años, había jugado inocentemente con aquel ser maravilloso que dijo llamarse Irumona. Entre Ysi y Ona se formó un vínculo intergaláctico muy especial para el que no necesitaban el mismo idioma. De hecho, solo bastaba la habilidad de Ona para leer mentes y proyectar en ella sus ideas para que ambas se entendieran a la perfección. 193 años fynhyanos después, su conexión seguía tan intacta que cada vez que Ysi aparecía por Waku, Ona lo notaba e iba a su encuentro.
Y efectivamente, Ona la estaba esperando ya en la entrada de su casa, su crin azul reluciente al viento suave wakunseerense, y sus ojos amarillos fijos en Ysi.
El problema esta vez era que Ysi no venía con buenas noticias. De hecho, aquella sería con toda probabilidad la última vez que la fynhyana visitaría a Ona.
Solo hizo falta que los ojos amarillos se clavaran en los rojos para que la información fluyera entre sus cerebros:
Ya me toca la unión, Ona. Esta vez voy a Henson para no volver, no puedo volver a verte.
En efecto, su unión con Fr4nc¡skºr de Henson era inminente. Aunque al susodicho, que insistía en hacerse llamar P4kº, lo había visto solo en un par de ocasiones y a pesar de que a los ojos de Ysi P4kº era literalmente una mesa camilla, sus planetas habían hecho un pacto intergaláctico por el que ambos eran la unión perfecta que acabaría con las Largas Guerras Andromedanas. A nadie le importaba que lo único que Ysi quería en realidad era pasar el resto de sus días con Ona y olvidarse del universo.
Por toda contestación, Ona impregnó de paz el cerebro de Ysi. Una información pausada se le apareció y una sensación de sosiego inundó el cuerpo celeste de la visitante. Ona sabía a lo que se enfrentaban, pero tenía un plan. Mientras la wakunseerense le agarraba las rugosas manos en muestra de cariño, en la mente de Ysi aparecieron las imágenes que le proyectaba:
El vació, el desconcierto del planeta Henson y del planeta Fy_nhy por no saber dónde se encontraba Ysynyrylyty. El misterio. Una galaxia alejada. Ella con Ona en un planeta azul. Ambas transformadas en una pareja de unos peludos animalillos locales que al parecer tienen siete vidas.

Y esas siete vidas las pasarían juntas.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar