La cafetería al final de la galaxia (o al menos así era conocida por muchos), estaba llena a cualquier hora del día. Ya fuese porque era la hora de comer en tu planeta, o porque eras trasnochador en otros, siempre tenía las mesas llenas de gente que venía desde la otra punta del universo para probar el café terrícola, el mejor de todos.

—¿Qué le pasa a Colt? —Hanima, la mujer zu-li, estiró el cuello para mirar mejor al aludido al otro lado de la mesa.

Colt se puso tenso sin darse cuenta.

—Yo le veo como siempre —contestó Paul, uno de los humanos.

—No, no, está distinto. Conozco esa mirada. ¿No estarás... enamorado?

Colt no necesitó contestar, el rubor de sus mejillas lo hizo por él. Era como la bombilla de un piloto cuando se sonrojaba sobre su piel pálida de yiumano, los humanos colonizadores en marte.

—Cuéntanos, Colt —Peter le dio un codazo—, ¿quién es esa persona que te tiene tan pillado?

—No es nadie, ¿vale? —Los otros tres compartieron una mirada de complicidad y Colt tuvo que dar más detalles—. Apenas nos hemos visto —dijo alicaído—. Pero cuando me dedicó esa única mirada en la estación de cohetes... me sentí como si realmente le importara. Como si... como si... Joder. Os juro que nadie me había hecho sentir algo más que una mierda con un único instante.

—Aw... —Hanima pareció derretirse—. Dime que te ha dado su número.

—Sí.

Paul soltó un silbido de admiración.

—Resulta que el yiumano sabe ligar.

—Bueno... tengo su número, pero... —Escondió la mano detrás de la nuca—. Es utune.

La revelación de su raza cayó como una bomba sobre el grupo. Los utune tenían la piel verdosa y la recubrían siempre de una especie de mezcla entre sudor y mucosidad, para adaptarse al clima húmedo de su planeta. Si a su apariencia no excesivamente bella le sumabas que los utune trataban a las razas humanoides con una condescendencia insufrible... digamos que no solían caer bien.

—Eres repugnante, Colt —escupió Paul—. ¿Cómo pueden atraerte los sapos utunes? Te llenan las sábanas de potingue alienígena. ¿No preferirías a una rubia con buen culo de La Tierra?

—Idiota —le recriminó Hanima.

—No todo está en lo físico —añadió el yiumano—. Además, al ser utune, sé que a él tampoco le atraigo por lo físico.

—¿Él? —preguntó Paul, asomando una media sonrisa que siempre acompañaba de un chistecillo sin gracia.

Hanima le dio una patada por debajo de la mesa antes de que pudiese decir algo hiriente. Pero ya era demasiado tarde, Colt había hundido los hombros y bebía de su café para no tener que decir nada más.

—Idiota, idiota, idiota —repitió la zu-li.

—¿Estás seguro de que es mutuo? —le preguntó Peter al yiumano mientras colocaba una mano sobre su hombro—. Nos preocupamos por ti, Colt, no queremos que te ilusiones como con lo de Neeya y luego te partan el corazón.

Permanecieron un rato en silencio. Hanima temía que la pregunta hubiese sido muy directa. Pero Colt dijo:

—Me sonrió.

Y los utune nunca sonreían.

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