Me muevo inquieto por la celda esperando el momento de salir a la arena.

Desde aquí huelo la sangre de los gladiadores caídos y un pinchazo atraviesa mi estómago. Me recuerda que hoy nos han privado de la ración diaria de comida.

Me invade la rabia.

Miro a mis compañeros. Algunos están más débiles que otros pero sé que, llegado el momento, lucharán como fieras defendiendo sus vidas.

Siempre lo hacen.

Por fin el portón se abre y todos nos ponemos en pie, preparados para la batalla. Pero no tendremos que pelear. Al salir veo un grupo de personas inmóviles que nos mira asustados. Su terror provoca nuestros rugidos de satisfacción. Ahora entiendo porqué la comida se ha hecho esperar.

Nos abalanzamos sobre ellos y, en pocos segundos, nuestros hocicos se manchan de sangre. Nos damos un auténtico festín acompañados por los vítores del público.

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