Si, entiendo vuestra preocupación; sé que con ella no voy a formar una colonia como haría con uno de vosotros y, sinceramente, estar varios ciclos enclaustrada en una roca esperando a que crezca mi colonia, siempre con la misma persona, tampoco me atrae. Ya somos muchos y mi linaje está más que asegurado por el resto de mi hermanos de colonia. No creo que yo naciera para eso, la verdad. Siempre he mirado hacia las estrellas y ahora tengo una razón mucho mayor para ello.

Tendríais que haberla visto cuando la conocí en la Fiesta Bicíclica del Encuentro. Subir a esa estación espacial, flotando entre ambos planetas, en si, es una experiencia que todo el mundo debería experimentar una vez en la vida. Lástima que nuestros planetas estén en oposición cada dos ciclos y medio aunque, por lo menos, la Fiesta dura varios lunamientos. Allí andaba yo, en mi tercera visita a la estación, mis pseudópodos sintiendo el tacto de todo aquello que me rodeaba — Si, nunca me canso ni creo que me canse de ese prodigio tecnológico — y sobre todo dirigiendo mi mirada al espacio, las lunas, nuestro bello planeta colgando de la nada en su dulce danza de las esferas, cuando sentí la vibración de alguien que se acercaba. Ahí estaba, a mi lado, mirando por el ventanal, alta, con esas patas delgadas pero robustas, esos penachos de pelo duro y cobre, esas bonitas y largas manos de tres dedos que te llevan a mirar a ese cuello largo con esos doce ojos color verde y esa protuberancia que termina en un pico como de un ave kaorptarix. Ni se presentó, sólo dijo con esa voz tan dulce y extraña — Tenéis un planeta hermoso ahí abajo, tanta agua y esos cielos de color amarillo...—

Yo emití una vibración de satisfacción en su dirección y contesté que a mi me fascinaban los cuatro planetas de nuestro sistema, y lo que hay más allá. Ella emitió un sonido de agrado y fue cuando ambas descubrimos que el ancho del espacio nos embriagaba con su inabarcable enormidad, su sutil y fiera belleza y que ambas estudiábamos los confines de todo lo que nos rodea. Y si, ya lo sé, tengo aquí compañeros y compañeras dedicadas a la astronomía...
 pero la pasión que ella comparte conmigo, no la comparte nadie más; ese brillo en sus multiples ojos cuando habla de la vida de las estrellas y de cómo la gravedad se retuerce cuando colapsan, no se la he visto a nadie más. Y ardo en deseos de volver a subir a esa estación, ver ese brillo que en un mensaje no puedo captar, y vibrar con ella y sé que ella también lo desea tanto como yo.

Y esta vez, bajaré con ella a su planeta y estaremos juntas más que unos pocos lunamientos, y no me podéis hacer cambiar de idea.

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