Las manos de Uhkai, frías y palmeadas, escribían historias del Ustea-20 sobre la piel de la almirante Zoria.

—¿Qué hubiéramos pensado si hace 20 vueltas del satélite Asterus nos hubieran dicho que estaríamos así ahora? —Los susurros de ella eran un imán para él.

—Me habría sentido muy afortunado.

La mujer enterró la cara en el pecho de Uhkai antes de reír, para que su risa no escapara de aquel escondite. Tan solo hacía tres ciclos de la luna azul que sus manos se habían atrevido a explorar el cuerpo del otro, aunque sus miradas se llamaban desde hacía mucho más tiempo.

—Hablo en serio —insistió él, cazando sus carcajadas y guardándolas en su memoria—. Cuando te uniste a mi grupo, me pareciste la habitante más valiente del asteroide 13PO3. Ninguno de los tuyos se habría atrevido a jugar con nosotros por miedo a… a que le contagiáramos, supongo.

Al decir esto, Uhkai levantó las manos con las palmas abiertas para mostrar las membranas que unían sus dedos. Zoria acercó el rostro para que él acariciara sus mejillas y cerró los ojos al sentir su tacto, como un bálsamo que limpiaba el polvo de su piel anaranjada. La almirante giró la cabeza para dejar besos cálidos, que se enfriaban al instante, en las membranas y las puntas de los dedos de Uhkai. Él se estremeció y la abrazó con fuerza para que sus pieles, una cálida, la otra fría, se unieran de nuevo.

—Contabas las mejores historias que había escuchado nunca, por eso siempre iba a jugar con vosotros… contigo.

—Tuve suerte de conocer mi hogar lo bastante mayor como para recordar sus detalles.

Uhkai omitía a menudo en sus historias que, por haber permanecido tanto tiempo en aquel planeta, había contraído la enfermedad que le robó la temperatura a su piel. Zoria se enteró de aquello más tarde, cuando sus superiores la encontraron un día almorzando con su amigo de manos palmeadas.

—El Ustea-20 es un planeta enfermo, Zoria —le contaron—. Todos los que no se marchan antes de cumplir las diez órbitas de edad se arriesgan a contraer la kalteria.

Aquellas membranas marcaban a los que, como Uhkai, la habían padecido.

Cuando lo supo, Zoria solo pudo pensar en las historias que su amigo le contaba sobre las flores que crecían en cuevas, a salvo de las letales ventiscas que arrasaban su planeta de origen. O aquellas sobre los fragmentos brillantes que se desprendían del suelo las noches sin lunas y que ascendían hasta el firmamento para poblarlo de nuevas estrellas.

En el 13PO3 solo había polvo y naves, y muchos habitantes llegados de planetas lejanos. Zoria había nacido allí y había llegado a ser piloto. Besó de nuevo las manos, los hombros y el rostro de Uhkai, para contarle cómo, algún día, volverían juntos a aquel planeta rebosante de tantas historias cálidas y noches frías que podrían compartir.


Comentarios
  • 2 comentarios
  • Raquel Valle @ValleS hace 1 mes

    Qué historia tan bonita! Deja el corazón calentito y tierno. Y, sobre todo, qué personajes tan maravillosos. Ya los quiero pa siempre :)

  • Rísquez @Risquez hace 1 mes

    Qué maravilla, María. Como siempre, es un placer leerte


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