Los transbordadores para llevarlos a las naves intergalácticas estaban preparados, y en ambos planetas había un tenso silencio en sendas multitudes, porque aunque vergonzoso para todos, nadie quería perderse ese momento. Cada uno sería lanzado en una dirección diferente con navegación automática, víveres para toda una vida y sin una sola persona más en la tripulación. El pecado de ambos fue, como siempre, quebrantar una regla. 

Entre las tres galaxias más cercanas sumaban ocho planetas habitables, de los cuales cinco estaban habitados por seres inteligentes, y había también unos veinte eran productivos. Cientos de años atrás se firmó el Tratado para mantener la paz entre los planetas y tener un reparto equitativo de los pocos recursos que podían dar los planetas aprovechables. 

Antes de aquello, las guerras raciales y el pillaje eran tan virulentos que cerca estuvieron de extinguir a las especies que habitaban los cinco planetas. Desesperados, alcanzaron un acuerdo en el que cada cual se quedaría en su planeta salvo para trabajar en planetas productivos, y el trabajo se haría separando espacios definidos para cada especie, controlándose que cada cual llevara los recursos cada día a su propio planeta, y todos llevarían exactamente la misma cantidad del bien en cuestión tras ser unificada y luego dividida la producción de forma automática. Las visitas a mundos habitados estaban prohibidas, así como el mezclarse con habitantes de otros planetas cuando trabajaran.

Pero llegó un día en el que, al final de la jornada, una mina colapsó sobre todos trabajadores de Xink poco antes de ir a llevar la carga, mientras que dos naves de otros mundos habían despegado ya rumbo a su planeta, por lo que todos entenderían que el reparto diario de material no sería equitativo. Todos sabían en ese momento que una regla se rompería: o un planeta se quedaba sin sus bienes del día, o alguien que no fuera de Xink entraría en su planeta para llevárselos, pues tampoco daba tiempo a que Xink enviara otra nave.

Brun fue el valiente misniano que llevó la carga, y entre el alboroto del hangar por su presencia descubrió unos ojos enormes y bellos que lo miraban con admiración. Pocas veces había visto a un xinkiano, y siempre les pareció horrorosos, pero entre todo el jaleo Brun sintió que sería feliz solo mirando esos ojos.

Heimen, la dueña de esos ojos, siempre esperó algo de aventura en un universo tan variado, pero el estricto Tratado no se lo permitía. Por eso se dedicaba al trabajo exterior, lo más cerca de viajar que tenía aunque por ahora solo estuviera de supervisora en el hangar. Con esa excusa se acercó al misniano, y con la excusa del seguimiento del incidente se vieron casi a diario, descubriendo sus hermosas diferencias. 

Veinte días más tarde fueron descubiertos conociéndose con mayor profundidad, y el escándalo atravesó la galaxia. El Tratado prohibía la pena capital, si los encerraban hablarían y serían un mal ejemplo para otros. Separarlos sería la mayor condena.


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