La primera vez que vi a mi prometido fue la noche antes de la boda.

Nuestras familias habían intercambiado hologramas, pero al vivir cada uno en un planeta no habíamos coincidido hasta el último día de preparativos. Pero vernos, lo que se dice vernos de verdad, no fue hasta esa última noche.

Debía casarme con quién mi madre, la reina de la Colonia Lunar, eligió para mí, en este caso el hijo de la presidenta de la República Libre de Marte. La unión sería buena para ambos planetas, que aumentarían su influencia y poder contra el gobierno tiránico de la Tierra, y ese era motivo suficiente para pedir nuestra opinión.

No podía dormir y fui a la Galería. Una de las paredes era holográfica por completo y en su memoria estaban almacenadas imágenes de todo el universo. La otra, la más exterior, estaba cubierta por cristales amplificadores y tenía unas vistas impresionantes.

Me sorprendió encontrar allí a Axel, concentrado en un holograma. Su cuerpo era más robusto que el mío, compacto en contraste con mis miembros alargados. Si fuésemos animales, él sería una tortuga y yo una garza.

Una risotada melódica interrumpió mis pensamientos.

—Eso ha tenido gracia —dijo una voz suave, acorde a la risa de antes—, pero tienes razón. Sí que nos parecemos.

Boquiabierta, observé como Axel manipulaba los paneles hasta fusionar las imágenes de esos dos animales.

—¿Cómo lo has hecho? —le pregunté cuando recuperé la capacidad de hablar.

—¿Esto? Es fácil de usar y menos mal porque en mi planeta no tenemos nada así. Es alucinante. Todo aquí lo es. Tenéis suerte de tener tanta tecnología, seguro que la vida así es más fácil.

—Estar cerca de la Tierra ayuda pero no me refería a eso. Lo de los animales —señaló el panel—, no lo he dicho, solo lo he pensado.

—Supongo que antes o después lo ibas a descubrir —proyectó en mi cabeza con la boca cerrada.

—Axel, ¿puedo preguntarte algo?

—No te preocupes por la telepatía, te enseñaré a bloquearme, es sencillo. Es un secreto de mi familia, ¿puedes no contarlo? ¿Por favor? —susurró bajito en mi mente.

Asentí despacio y sus ojos se iluminaron. Hubo algo que cambió en esa mirada, me puso nerviosa sin motivo. Era la primera vez que alguien que no fuese de mi familia me miraba así.

—No es eso, pero gracias. Tú, yo, ¿por qué lo haces?

—Ah —entrecerró los ojos confuso y me dio la espalda—, por mi familia, por mi pueblo. Esta alianza es importante. Para mí, es un sacrificio, para ellos es progreso.

No preguntó, supongo que porqué sabía que también estaba obligada y eso me gustó. Igual que me gustó descubrir que era leal. Coloqué la mano sobre la suya en el panel y noté como se estremecía. Después abrió los dedos para que encajasen con los míos y me dedicó una sonrisa tímida.

Esa también fue la primera vez que sentí un cosquilleo en lo más profundo del estómago.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS hace 1 mes

    Me parece un relato muy completo, con mucha trama y dos personajes con magnetismo. Creo que da para mucho más. Ojalá te animes a ampliar su historia :)


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