La anticipación le agarrota el pecho, filtrándose por los intercostales. Lo hace sentir vacío y frágil, más incluso que la breve sacudida cuando la nave toca la el suelo del hangar. «¿Habrá cambiado? ¿Habré cambiado yo?» El cosquilleo se le extiende por los brazos, hace que sus dos corazones aleteen en su pecho.

—Capitán Aucus de Fluvia —lo recibe una voz profunda cuando llega al exterior—, bienvenido a Hathen. No lo esperábamos tan…

—¿El alférez Draw? —pregunta.

—En los barracones…

Aucus echa a andar antes de que acabe. No lleva dos minutos en la roca volcánica que los hatheanos llaman hogar y su piel ya protesta por la sequedad. Si no da media vuelta y se refugia en su tanque de agua es por la perspectiva de verlo. No tarda en encontrar su puerta. Entra sin llamar.

—Eh.

La sonrisa se le escapa sin querer en cuanto los iris de un verde casi radiactivo se posan en él. El pelo pincho oscuro e ingobernable es el mismo que cuando estaban en la Academia de Pilotaje. El uniforme, en cambio, es nuevo. Tiene que serlo, porque está seguro de que sus hombros han ganado varios centímetros de ancho.

—Mira quién ha decidido salir de su pantano —saluda Draw.

Aucus quiere decirle un montón de cosas. Tantas que se le apelotonan en la lengua y se queda plantado cual alga a pocos pasos. Dos años sin verlo. Extrañaba el timbre de su voz al natural, la textura de su piel plomiza, el destello de sus ojos que los mejores hologramas son incapaces de replicar con exactitud.

Sin embargo, lo que le sale es:

—He venido a rescatarte del tedio de este planeta tuyo.

El hathiano sacude la cabeza, sonriendo a su pesar.

—Anda, ven aquí —dice, tirando de la chaqueta de Aucus y envolviéndolo en un abrazo.

Las palmadas en su espalda son sólidas, relajan la masa de nervio que anida bajo su piel.

—Vas a romperme una costilla con esas manazas —bromea—. Se nota que estás más fuerte —le palmea los hombros antes de separarse y lo mira de arriba abajo, con toda la mala intención colgada en los labios—, aunque no más alto. ¿Cuánto has crecido, media micra?

El verde centellea.

—Cinco milímetros. Capullo —gruñe, cogiendo su equipaje y empezando a andar hacia la puerta.

Aucus lo sigue.

—Debe de ser triste quedarse a dos milímetros del metro ochenta.

—No tanto como quedarse a dos neuronas de tener un cerebro funcional —responde Draw sin perder comba.

Aucus suelta un aspaviento. Le golpea el hombro. Draw le devuelve un puñetazo flojo. De algún modo, a medio camino del hangar, entre pellizcos y capones, sus manos acaban entrelazadas. No hay equívoco posible en el gesto, en el modo en que el pulgar de Draw traza círculos sobre el suyo, con la misma naturalidad con la que respira. Sin temor, no importa lo lejos que sus misiones vayan a llevarlos.

—¿Preparado?

Le aprieta la mano. Mientras estén juntos estarán en casa.

—Siempre, capitán.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Midyakri @Midyakri hace 7 meses

    Y así, señores, es el amor real. Me encanta como has introducido los requisitos, no pueden quedar más naturales. Enhorabuena.


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