Grulp alzó tres de sus cincuenta y siete tentáculos, tiró de sendas palancas al mismo tiempo y la compuerta de la nave bajó con un suspiro, igualando la atmósfera interna con la externa. Sabía que el aire sería dulzón, pero no estaba preparado para aquello. Sus múltiples sensores identificaron decenas de sustancias químicas diferentes que, lejos del caos, conformaban una melodía que casi podía oír con su bulbo olfatorio central. Descendió despacio hacia la superficie de aquel mundo que tan bien conocía.

Y, sin embargo, solo hacía unos giros solares que lo había encontrado mientras estudiaba Terulia, una enana roja con tendencia a potentes estallidos. Uno de los planetas del sistema era diferente del resto. El análisis de su composición era muy extraño, cambiante. Durante casi veinte ciclos de luz estudió aquel punto del espacio. Cada vez estaba más convencido de que no era un planeta cualquiera. ¡Giraba en dirección contraria! Los otros cuerpos de aquel sistema lo hacían en un sentido y aquel mundo iba al revés.

Entonces, sucedió una catástrofe. Ante sus ojos, una llamarada de Terulia envolvió los tres planetas más cercanos, esterilizó su superficie con el fuego de las estrellas y avanzó hacia aquel cuarto cuerpo celestial ¡que se movió! Pareció expulsar algún tipo de chorro al espacio con potencia suficiente para esquivar la destrucción. Grulp cayó al suelo, sus 4.500 kilos tentaculosos enredados del susto.

Un ciclo de luz más tarde volvió a mirar, temeroso. Seguía allí, giraba y titilaba. Un parpadeo. Otro. Dos, tres, cinco, ocho, trece… Al rato se dio cuenta, ¡era una serie! ¡El planeta estaba vivo!

Primero fue el pesar por la previsible muerte de aquel maravilloso ser a manos de su estrella. Pero, ¿y si iba a salvarlo? Sus cinco corazones latieron desbocados, ¡podía ayudar!

Tardó otros diez ciclos en tener todo preparado para partir en su nave y poner los motores al máximo. Llegar hasta allí aún le llevaría un par de giros, pero la ansiedad y la espera hicieron crecer en él sentimientos incomprensibles que lo hacían temblar de expectación.

Al pisar el suelo, blando, orgánico, se abrió un orificio húmedo y cariñoso. Los aromas lo impulsaron a entrar y sus tentáculos encontraron donde acomodarse. El planeta lo acarició y sintió sus aromas extraños: olía a metal, a mar, a compasión y a esperanza. El enorme mundo se emocionó: había cruzado el universo solo para salvarlo de aquel infierno. Alrededor de los tentáculos el terreno tembló de alegría un instante. Entonces lo abrazó despacio amando a su salvador.

Grulp comprendió que lo quería con todos sus corazones y sus tentáculos y no podía concebir las once dimensiones sin aquel ser que lo rodeaba.

Lo amaba tanto que se disolvió en él y le dio, por fin, la energía que necesitaba para escapar de la trampa mortal de Terulia.




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