Volvía a despertar alterada. Los sensores electromagnéticos clavados en su piel la mantenían en un estado de sedación durante el primitivo estado de reposo. Las cadenas no servían para su piel elástica y pocos materiales resistían el ácido que emanaba cuando se encontraba en estado de defensa.

— ¡Suéltame! Libérame.

Sus palabras llenaban mi mente mientras su orificio de alimentación se movía en búsqueda de cualquiera de mis extremidades para alimentarse.

Me encogí de hombros, sintiendo el cosquilleo de las burbujas en las branquias protegidas por mi collar de respiración. Tenía carga para tres horas y los primeros treinta minutos iban a ser sumamente largos.

— Oficial Phi-8547, del escuadrón de reconocimiento Delta venusiano, por favor, guarde reposo. No se encuentra en territorio enemigo.

Al oírme se mostró confusa, pero aceptó mis palabras con cautela.

— Mi nombre es Autelius Ga’uss. Soy un científico de exploración del satélite Lumerka. Conocido en otros círculos como Phobos gracias a los parásitos del tercer planeta, enemigo común del sistema —Hablaba lento, para que comprendiese cada palabra—. Tu misión fue la búsqueda de un ejército aliado en el cuarto planeta para luchar en la guerra. ¿Lo recuerda, Oficial?

— Sí… Lo recuerdo, Lek Ga’uss.

Bien, utilizaba la nomenclatura científica venusiana de científico. Segundo paso conseguido. Nuevo encogimiento de hombros, nuevo cosquilleo de burbujas. Echó un rápido vistazo a las lecturas que se veían en el monitor. Sus niveles de acidez en piel habían descendido.

Se sentó delante de ella y observó sus ojos rasgados. Las membranas se abrían y cerraban descompasadas. Continuaba alterada, no le gustaba el aire de Lumerka. Demasiado frío, demasiado húmedo.

— Olmika. Intentaste matarme hace dos giros orbitales. Quedamos expuestos a una situación adversa. Tú a las frías noches que para mí son habituales y yo a tu veneno. Desde entonces comenzó una relación que se ha ido estrechando cada día.

Ella guardaba silencio. Odiaba esa fase.

— Mika. En el último giro orbital observamos una alineación entre nuestros planetas de origen durante una noche especialmente fría. Te preparé una solución temporal para que tu cuerpo se ajustase a las temperaturas del Lumerka y pudieras ver las estrellas por primera vez sin morir.

Silencio. Pero él sabía lo que vendría a continuación.

— ¿Y por qué no lo recuerdo?

— Porque… Intentaste un acercamiento reproductor y bebiste sin querer el líquido que respiro. Eso te causó un estado… —Suspiró—. Provocó que quedaras inconsciente y al despertar perdieras tus recuerdos y estés más débil. Pero cada día repetimos este ritual para que seas tú misma.

— ¿Todos… los días? — Dudaba.

— Sí.

— Y… ¿Por qué?

Porque no quiero perderte. Porque te amo.

— Porque es tu memoria. Pero aprovechemos el tiempo, Mika.

Que sólo tenemos dos horas y 29 minutos antes de que vuelvas a estar en coma.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar