Eran dos seres exploradores, dos realidades conscientes con sus diversas peculiaridades.

Nunca habían visitado aquel sector, alejado de sus mundos nativos. Ambas inteligencias eran extrañas a ese espacio singular de horizontes difusos; un astro con potencial para ser habitado, donde la penumbra lo ocultaba todo. Solo la casualidad pudo llevarlos a coincidir en el mismo punto del universo. Sus múltiples viajes los habían llevado a diversos astros, gaseosos unos, rocosos los más. La mayoría solitarios, y donde habían hallado vida, eran seres primarios, sin evolucionar para comunicarse de forma inteligente.


Uno era un ser de luz sin un motivo para brillar. Investigaba en aquel rincón del cosmos sin saber qué era aquello que le faltaba, ni si tenía necesidad de llenar nada de lo que no era consciente.
Su antagonista casual era un ser de energía pura dentro de un cuerpo sin expresión tangible que anhelaba crecer en la sensibilidad, sin saberlo. Su visita a aquel espacio era pura rutina, un sitio más dentro del frío caos estelar.


El primer contacto entre ambos fue fortuito, casi un accidente en el que saltaron chispas refulgentes. Algo que percibieron en su encuentro les atrapó. Se observaron confusos al separarse, deseando ese contacto una vez más. Se fueron aproximando hasta fundir sus organismos como si fueran un solo ser y consiguieron aumentar sus peculiaridades. Juntos concibieron que, el uno sin el otro, no serian capaces de seguir sus exploraciones —sintieron que debían compartir otras experiencias. Deseando darle sentido al mutuo descubrimiento, aceptaron que no podía ser solo un accidente aquello que los había unido. Sus realidades se complementaban a la perfección. Por primera vez ambos se sentían distintos, mejores. Vivían una emotiva realidad que les pedía seguir unidos. Sin valorar que fuera un hecho irracional, veían que era satisfactorio. Debían cultivar nuevas formas de unión; querían compartirse más y mejor.


Observando la naturaleza de sus experiencias vitales —con relaciones persistentemente luminosas—, llegaron a reconocerse sin comunicarse, y aceptaron que ya no sabrían vivir el uno sin el otro. Concluyeron que solo juntos podrían seguir estudiando el espacio.


Al finalizar alguna exploración volvían al mismo astro donde se conocieron. Lo llenaron de colores, de vida ajena; era su nuevo hogar. Eran conscientes que, al compartirse, su propia existencia irradiaba a su entorno luz de diversas tonalidades, y calor. Unidos eran tangibles los dos y entendieron que, si renunciaban a esa unión, su mundo volvería a formar parte de la oscuridad.


Esa emoción vital compartida les revelaba un camino hacia la felicidad. Aceptaron la causalidad de sus actos, no les hizo falta expresar una palabra nueva para describirlos, ninguna que nunca se hubiera usado entre la diversidad de sus semejantes. Aquello que vivían solo podía ser amor.

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