Abandoné mi planeta al perderla. No tenía sentido seguir en ese lugar sin ella. Sin su presencia. Su sonrisa. Su luz. Su calor. Se llamaba Mina. Mina Méndez. Mi Mina. Mi vida. Mi todo.
Me la arrebató una bala perdida. Que la encontró a ella. Nadie sabe quién disparó. Nadie oyó mis súplicas. No quise compartir más mundo con una raza así. Y me marché lejos. Muy lejos. Al pedrusco a más años luz de todo que pude encontrar. Pero ni así dejé el dolor atrás. Ni la rabia. Ni la pena. Ni el vacío que quería dejar en medio, pero que seguía llenando mi interior.
El pedrusco, por no tener, no tiene ni nombre, aparte de un puñado de letras y números tan secos como su paisaje. Arena y roca. El lugar ideal para pasar cinco de sus años, cada uno equivalente a tres del mío natal, vigilando que la extracción automatizada de minerales por parte de los robots siguiera su curso antes del siguiente reemplazo. Tiempo para alejarse de todo y todos, centrado en una rutina monótona, repetitiva, tranquila. Sin cambios. Ni sorpresas. Ni seres vivos.

Hasta que apareció. De la nada. Ella. Mi Mina. Acercándose. Hacia mí. Con sus cuatro brazos abiertos para abrazarme. Completamente desnuda. En una atmósfera imposible de respirar e incluso de resistir sin un traje presurizado adecuado. Me quedé pasmado hasta que llegó hasta mí, y noté su peso sobre mi traje. Era real. No entendía nada. Pero la arrastré hasta la base. Ella no me dejó ni quitarme el traje. Se señalaba con cara desesperada la boca. Esa boca. Su boca. Con sus adorables tres filas de dientes perfectos. Yo la llevé hasta el comedor. Y cuando puse ante ella un plato humeante con mi guante reforzado, parpadeó. No sus ojos. Toda su figura. Como un monitor desajustado. Y por un momento me pareció ver otra cosa. Sin forma humanoide. Ni extremidades. Y huí de allí.
Cuando volví, en el plato sólo quedaba la carne, nada de las verduras. Mina estaba en una esquina. Sentada. Sonreía. No pude echarla. Tampoco pude acercarme. Durante semanas seguía mis rutinas.

Y Mina se volvió una más.
Ella comía los vegetales. Yo la carne. Prefería no mirar mientras lo hacía. Y seguir durmiendo aislado. Pero un día, mientras yo comía y creía que ella también, se acercó. Y me tocó. Y nada, absolutamente nada, de lo que había sentido antes, se podía comparar. Todas las caricias, todas las satisfacciones, todos los gozos. Y la abracé. Y la seguí abrazando. Y era tan intenso el placer, tan absoluto, que anulaba todo lo demás. Y los ciclos de sus abrazos se convirtieron en otra rutina imprescindible. Como nuestro amor. Durante años.

Hasta ahora. Un disparo. Un despertar del éxtasis. Y mi Mina se deshace en mis brazos, derritiéndose como mermelada.
Lo último que oigo antes de caer en la negrura de mi interior son los gritos asombrados del reemplazo quinquenal:
“Amigo, un minuto más y te habría comido esa maldita cosa”.

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