Necesito contactar con la mente-colmena. Desde que me estrellé en este planeta donde nunca deja de llover, no lo he conseguido. Tampoco he localizado nativos. Confinada en una cueva, me limito a observar la tormenta, beber de la charca junto a la que duermo y comer los alimentos que aparecen en la entrada. 


He salido por fin. El aguacero hace que mis cuatro ojos facetados solo distingan sombras. Así que no veo al leviatán enfurecido hasta que lo tengo encima. Estoy lista para morir, pues mi vida nunca ha sido mía. Mas la lluvia enloquece y arremete contra la bestia. Luego me envuelve en su oscuridad.

Despierto de nuevo en la cueva, pero hay alguien más. Es solo una silueta, copia de la mía, hecha de agua. Su superficie ondula sin cesar. Está sentado y noto que me mira, aunque no tiene rostro. 

—No salir. —Las palabras, que no brotan de ninguna boca, se arrastran como olas.

—¿Soy tu prisionera?

—No mía. No prisión. Más seguro dentro.

—No soporto más “dentro”. —Al decirlo, me doy cuenta de lo cierto que es.

Regresa dos lunas después y me guía bajo una lluvia que ni siquiera me toca, empeñada en fundirse con él. Las excursiones se repiten cada día. Me muestra su mundo, lleno de recursos que expoliar. Es lo que hacemos los esperis: sacrificar planetas a la colectividad. Y este parece una presa fácil. 

—¿Estás aquí solo? 

—Nunca solo. —Señala la jungla que nos rodea.

—Quiero decir si hay más como tú.

—Nunca nadie como tú. —Su respuesta me deja sin aliento. Ojalá supiera por qué.


Me ayudará a arreglar la nave. No sospecha nada, tan feliz por estar conmigo. Es una sensación extraña: cálida y mortificante. Por primera vez, la traición duele. Debe ser efecto del aislamiento. 


—¡Eres un necio! No hay barreras en la mente-colmena. No podré impedir que vean tu planeta en mí. Lo arrasarán.

—Entonces, tú quedar.

Sé que me mira, porque mi pulso se acelera. Niego con la cabeza.

—Me encontrarán. ¿Por qué te empeñas en mantenerme viva?

—Tu universo —posa en mi frente un tentáculo acuoso—, es hermoso.

Apenas consigo contener la nausea que me abrasa. Me ve a mí, y solo a mí, como nadie ha hecho nunca. Ya no hay marcha atrás: haré lo que sea por protegerle.

—Tiene que haber una manera. —Calla, y sé que su silencio esconde algo.


He despegado bajo un cielo despejado. Sin lluvia ni despedidas. Ojalá me hubiera revelado antes su secreto ¿Quién imaginaría que puede moldear cuanto contacta con él? Así bloqueó mis comunicaciones. Cuando salga de la atmósfera ya no podrá protegerme. Regresaré a la colectividad y desapareceré en ella. Pero hará que antes olvide su planeta. Y a él. Ese es el precio.

Mi primera lágrima me resbala por el rostro. Me recuerda sus caricias saladas.  Siento su presencia aquí, conmigo. «Vuelve. Yo alejo ellos». A oír su voz mis corazones enloquecen, dispuestos a reventarme el exoesqueleto. Quiero seguir siendo yo, a su lado. Un tirón de los controles me basta para escoger la ruta correcta, de vuelta al planeta donde siempre llueve.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Midyakri @Midyakri hace 1 mes

    ¿Cómo demonios metes tanta historia en tan pocas palabras? Me ha encantado.

  • Rísquez @Risquez hace 1 mes

    Jajaja! Estoy de acuerdo con Midyakri. Magnífico relato, archienemiga de mi corazón


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