Estaba junto a Héctor, masticando unos deliciosos cerebritos de gominola. David, ese compañero poco hablador del curro, nos había invitado a su ático para celebrar Halloween. Todos vamos vestidos de motivos tenebrosos, acorde a la fiesta, excepto el anfitrión, que se pasea por su piso con un traje de soldado romano. Siempre fue un tipo raro.

—Los cerebritos están deliciosos. —felicitó Héctor cuando David se acercó a nosotros. Busqué a Sara con la mirada. Hacía un buen rato que no la veía.

—¡Gracias! Es una receta familiar.

—¿Por qué vas disfrazado de romano? Eso no da miedo —pregunté.

—Tu amiga está más cerca de lo que piensas. Quizás en tu estómago. —abrí los ojos de la impresión. En su brillante coraza de soldado vi unos salpicones sospechosos de un color rojo oscuro— ¿A que ahora sí doy miedo? —sonrió David.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.