Una ligera agitación le sobrevino al accionar el mecanismo del viejo emisor de bolsillo que acababa de rescatar del fondo de su almacén personal. Del interior de la cajita brotó una imagen holográfica encapsulada en el tiempo e Ídori se contempló a sí misma en los años de juventud. Su piel verde oscura y los rasgos finos eran propios de los habitantes del frondoso planeta Ulun-4. Lucía una abundante melena repleta de flores y briznas que revelaban la Gran Madre Raíz que llegaría a ser. En la escena la acompañaba Ehk’ku, guerrera psíquica de los pobladores del Cinturón Exterior de Khalain, mucho más alta y de piel violeta claro. Ambas portaban el uniforme de nivel II de los cuerpos en formación de la Confederación Intergaláctica, había pasado una eternidad desde aquella instantánea.

El Consejo Celeste gobernaba aquel rincón del universo con mano férrea y el acceso a los almacenes quedaba condicionado a la finalización del tiempo de servicio, según la especialidad de cada miembro de la Confederación. Y por supuesto no se permitía mantener cerca nada que pudiera suponer una distracción. Se sentía honrada por la importante labor que le habían encomendado, aunque el precio había sido alto. Siempre lo era.

Observó con detenimiento la imagen tridimensional en la que los cuatro brazos de Ehk’ku la envolvían. Casi podía sentir su tacto y la calidez de su piel. Recordó las veces que habían recorrido juntas las secciones D y F de la estación espacial. Las veces que se habían quedado hasta altas horas de la noche hablando, conociéndose. Cómo aprendían la una de la otra. Recordó los penetrantes ojos de Ehk’ku y su manera de mirarla. La primera vez que se besaron bajo el sol primaveral de Aestres y el lecho de hierbas bajo las estrellas de Tkzet. Recordó los planes que habían hecho a sabiendas de que no podría ser. Y cómo se le partió el corazón cuando cada una tuvo que regresar a su sistema-hogar para cumplir con sus respectivas obligaciones.

Esa misma noche al cerrar los ojos, Ídori se proyectó hacia el escenario que tantas veces había pisado en carne y hueso. Caminó por los pasillos de la sección reservada a astrobiología y dirigió sus pasos al invernadero desde donde se había tomado la imagen del holograma. Allí le esperaba una sutil presencia.

-¿Ehk’ku?- se atrevió a pronunciar.

-Sentí tu llamada, sabía que volveríamos a encontrarnos.



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