–Detened los propulsores.

–Hecho, capitán.


–Entraremos en la atmósfera de Erde en tres minutos.


La misión que les había llevado desde Kepler hasta Erde llegaba a su fin tras siete meses en el espacio. Había sido un éxito pese al incidente del inicio del viaje.

Tanith, quien había ido a la cabina de mando para actualizar los mapas galácticos, había tropezado, apoyándose en el botón que activaba la descarga de residuos. Todo el hangar se llenó de un líquido maloliente y ni siquiera se percató de lo que había hecho.

Ras Alhague les había gritado a todos buscando al culpable: Venant no podía haber sido porque estaba con él; Satevis tampoco, porque no se había movido de la zona de carga; Tascheter le dedicó una mirada que dio a entender que no había sido ella; y Hastorang ni siquiera había entrado en la nave.

Así que solamente podía haber sido Tanith. El capitán Ras Alhague le regaló unos gritos que no iba a olvidar en la vida.

Era sabido en toda la galaxia que los erdenianos tenían mal carácter, pero Tanith jamás había conocido a ninguno. Le aterró la idea de llegar a ese nuevo planeta si todos se parecían a su capitán. Pensó que debía hablar con él sobre esa manera de gestionar las incidencias. Cuando todo se hubiera calmado, claro.

–Activad el sistema de aterrizaje.

–Listo, capitán.

–Deberíais buscar las coordenadas de aterrizaje.

–Tanith las apuntó en el archivo de la ruta ayer.

Por suerte, Ras Alhague demostró tener el mismo ingenio para los gritos amenazantes como para hacerles reír y se pasaron los siete meses del viaje escuchando grandes aventuras vividas por el capitán. Tanith se sorprendió cuando les demostró sus dotes culinarias y les preparó platos típicos erdenianos.

Cuando llegó el último tramo de viaje a Tanith le invadió la melancolía: echaría de menos al capitán y pasear por la nave mientras charlaban de cualquier cosa.

–Deberíamos pedir permiso para aterrizar.

–Tanith lo ha gestionado ya, capitán.

El viaje había llegado a su fin.

Ras Alhague se paró frente a Tanith mientras la tripulación descendía de la nave con su equipaje.

–Quería hablar contigo sobre este viaje –murmuró el capitán–. A veces pensaba que me leías la mente… Todo lo tenías previsto y si no hubieras actualizado los mapas antes de irnos, la misión habría sido bastante más complicada. Y has aguantado todos mis… –no parecía encontrar las palabras.

–¿Gritos? ¿Enfados? ¿Pataletas?

–¿No te has hartado de mi? Soy complicado a veces...

–Todos tenemos nuestras cosas –susurró Tanith cuando en verdad quería decirle que le echaría de menos.

–Pero tú eres alegre y positiva. Tenías la esperanza de que todo saliera bien incluso cuando pintaba peor. Me has encarado cuando he sido injusto y siempre has sido sincera con tus opiniones… Y me preguntaba…

–¿Sí? –quiso saber Tanith esperanzada.

–Si querrías unirte a la próxima misión y... –el capitán pareció dudar–. Y si te gustaría cenar conmigo esta noche.

Tanith sonrió alegremente.

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