Cuando los ellis llegamos a Heklar II, creímos haber encontrado el Paraíso. Aquel planeta no solo era lo bastante grande como para alojar a toda la ellisidad sino que, además, era habitable. Su atmósfera y su suelo tenían la composición necesaria para que nuestra especie, que había vagado durante incontables generaciones por la galaxia, lograse establecerse.

Sin embargo, pronto descubrimos que, entre los numerosos organismos que poblaban nuestro nuevo hogar, había unos cuya organización social parecía singularmente avanzada: los llamamos heks.

Poco después de nuestra llegada, nuestros soldados capturaron una docena de ellos, que fueron instalados en un pequeño recinto controlado para su estudio. Me designaron como jefe del proyecto y pusieron bajo mi mando a un equipo constituido por algunos de nuestros mejores expertos en comportamiento animal. El objetivo era estudiar su nivel de inteligencia para determinar si la especie merecía algún tipo de protección legal.

Nuestros hallazgos superaron todas las expectativas. Descubrimos que los heks eran capaces de comunicarse entre ellos, de razonar y de experimentar emociones complejas. Uno de ellos, el sujeto Número 9, mostró desde el principio un especial interés por mí. Me seguía con la mirada a través de la mampara de observación, con auténtica curiosidad. Poco a poco, el interés empezó a ser recíproco. Me maravillaba su expresión inteligente, la elegancia de sus movimientos, sus brillantes colores… A decir verdad, su aspecto no distaba mucho del nuestro

Finalmente, logré diseñar un sistema de signos escritos que ambos éramos capaces de comprender y empezamos a comunicarnos. Número 9 me habló de su mundo, de su gente… de cuánto añoraba a su familia. Empecé a comprender el error que habíamos cometido. Los heks no eran simples animales; eran nuestros semejantes. Los ellis no teníamos derecho a tratarlos así. Poco a poco, me fui olvidando de mi investigación. Pasaba las noches en vela, pensando en Número 9 y en los suyos.

Un día, mientras nos observábamos a través de la mampara, Número 9 exhaló su aliento sobre el cristal y esbozó unos símbolos. Busqué apresuradamente entre mis notas hasta dar con la traducción más aproximada: «Te amo». Alcé la vista, atónito. Los cuatro ojos de Número 9 estaban fijos en mí, esperando mi respuesta. En cuanto logré salir de mi estupor, tracé unos cuantos signos en mi libreta y se los mostré: «Yo también te amo. Y voy a liberarte».

Comentarios
  • 1 comentario
  • Midyakri @Midyakri hace 4 meses

    La fina línea entre los microrrelatos y los inicios de algo. Para mí tu texto es el inicio de algo mayor, algo que me encantaría leer.


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