Baló.

Baló débil, tres veces, y se apagó en mis brazos. Nuestro hijo berreó como uno de los míos. Me dio esperanza de que le aceptaran pese a sus hermosos ojos grises. No sabía que los abría solo para morir.

Era como lo imaginábamos.

Tenía pequeños cascos como los míos, manos diminutas y pelo albino como el de mi padre, pero tenía también demasiado de ti. Nuestro bebé tampoco pudo respirar la atmósfera de este planeta. Para él, como para ti, fue veneno.

Te echo de menos.

Le he acostado en un altar, bajo las dos lunas. Padre cree que lo encomiendo a las diosas. Alberga la esperanza de que mi negativa a revelar su origen sea expiada con la fe que piensa que he hallado. Se equivoca. Yace bajo el cielo estrellado mirando tu mundo, uno que nunca conocerá.

Te amo.

Me lo repetías acariciando mi espalda desnuda con tus manos de aire. Y esas palabras me escuecen por dentro, me duele no habértelas devuelto.

¿Por qué no lo hice?

Tu confianza en que nos aceptarían, en que crearíamos un puente que uniera nuestros mundos, me deslumbraba tanto como amenazaba con romperme. Quería ser fuerte.

¿Qué más da todo ahora?

Por mí pueden arder nuestros planetas en su guerra sin sentido. Yo quiero un segundo más para abrazarte, otro beso, una vida para criar a nuestro hijo juntas.

¿Por qué me amabas?

En la nave, entre tu planeta y el mío, te lo pregunté. Sonreíste y cambiaste de forma; fuiste una humana de Tierra y un centauro de Venus, fuiste, como yo, una sátira de Kalea y volviste a ser una aérea de Neiro. «He conocido como embajadora cientos de seres y almas. Todos los sátiros tienen algo en común, todos salvo tú. La inmutabilidad, eso hizo que me fijara en ti. El amor vino después».

Sigo sin entenderlo.

Besaste mi ceño. «Para tu pueblo se es bueno o malo, blanco o negro, digno o indigno... Tú viste el gris de mi gente y me tendiste desinteresada tu mano».

Me quiero morir.

Aprieto los párpados para no llorar, porque esas palabras resuenan con las últimas que pronunciaste. Descendimos a mi planeta y tras dos bocanadas caíste al suelo.

«Mutabilidad».

¡Qué palabra tan rara para un último suspiro! Nunca lo entenderé, pero ya no importa. Esperas a nuestro hijo que tanto deseabas conocer en mi cripta. Me esperas a mí.

No tardo.

Iré en cuanto la última diosa se esconda y la luz bese el valle.



¡Llora!

Balaba entre lloros, solo, en el frío altar. Está aquí, vivo, y tira de mi pelaje con sus manitas que a veces son carne y a veces aire mientras le abrazo y lloro y le beso y te escribo y le vuelvo a besar.

¿No murió? ¿Se adaptaba al aire contaminado? ¿Le cuidabas tú?

Eyra, ¿sigues ahí? Lo he entendido, ya no deseo morir, ahora veo el error de la inmutabilidad. La fina línea que hay entre vida y muerte.



Comentarios
  • 3 comentarios
  • Raquel Valle @ValleS hace 1 mes

    Es una auténtica delicia de relato. Tantos sentimientos, tan intensos y bien expresados. Duele casi tanto como enternece, así que se agradece el final esperanzador. Enhorabuena!

  • Me ha encantado la historia, el estilo y el final. Me ha gustado mucho la forma en que ibas rompiendo la exposición con frases cargadas de emoción. Enhorabuena!!

  • Rísquez @Risquez hace 1 mes

    Estás en plena forma! Enhorabuena por el relato y la clasificación!


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