Asaltamos la conciencia del legionario por los oídos, catapultados por las palabras de mi buen amigo Pedro. El soldado escuchó el sermón pese al latín con marcado acento arameo de mi discípulo, evidenciando la dejadez de los gobernantes de su sesera. Júpiter dormitaba, Juno se hacía la manicura, Venus se peinaba frente al espejo mientras Marte yacía enclenque a su costado, debilitado por tanta Pax Romana. Solo Plutón mostró cierta oposición, vencida por Padre con visiones de castigos sempiternos. La virtud de María, mi madre, eclipsó el libertinaje de Venus; su humildad, la altivez de Juno. Yo mismo apagué el rayo jupiterino con mis amorosas intenciones de mártir crucificado y los defensores menguaron ante nosotros. Entonces los cocimos al fuego lento del Espíritu, a todos ellos; nos alimentamos ahora de sus ricas tradiciones, endulzadas por nuestro éxito.

Mañana conquistaremos al centurión, y luego… Dios dirá.

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