Desde hacía centurias los gobiernos de Uttra y Frysa bordeaban una guerra, por lo que solo se relacionaban para realizar transacciones comerciales provechosas. Al ser planetas separados solo por tres saltos sus administraciones miraban hacia otro lado y seguían, de manera estricta, dos únicas reglas: los negocios se realizaban en asteroides neutrales y estaba prohibida cualquier confraternización con los habitantes del otro orbe.

Xorb era gas puro encerrado en un traje contenedor. Supervisaba las entradas y salidas de artículos de las naves uttranas. Era un trabajo aburrido que solo se hacía algo más llevadero repasando de abajo a arriba a los porteadores de Frysa.

Los montones de sílex como Slattum eran los seres idóneos para cargar y almacenar la mercancía: fuertes, poco habladores y no demasiado inteligentes. De hecho, tenían dificultades en comprender las metáforas y ello daba pie a extraños malentendidos, como aquella vez en la que un uttrano estuvo dispuesto a dar un ojo de la cara por probar el almuerzo de un frysano y acabó tuerto.

Pese a que Xorb había escuchado lo que se decía en los pasillos sobre aquellos colosos de piedra no podía resistirse a lanzar indirectas a aquel bruto. Cansado de ser ignorado, optó por utilizar un lenguaje más directo. El gigantón lo agradeció y al poco ya estaban solos en un almacén, apartados de los ojos del resto.

Las jornadas transcurrieron y el cortejo continuaba. Confeccionaron una lista de excusas para presentarlas a sus superiores y de ese modo coincidir en lugares apartados. Etiquetaron mal adrede un cargamento de bestanes para después ofrecerse como voluntarios para revisar la bodega de la nave y dar con él. Piratearon el programa informático para que les emparejase en el inventario de uno de los cruceros. Y hasta robaron una pieza de uno de los motores de un carguero para que su reparación les diera más tiempo juntos.

Cuando Xorb compartía unos momentos con el frysano se sentía ligero y libre de preocupaciones. Era la piedra angular de su mundo. Se estaba enamorando de un tipo duro. A Slattum lo que más le atraía de su amante era su nobleza. Desde el principio había mezclado con él a las mil maravillas, y eso era nuevo.

La rutina hizo que se relajaran y, en una antigua herrería y libre de su traje de contención, Xorb aseguró a su pareja que aquel día saltarían chispas entre ellos. Para complacerle, Slattum golpeó su puño contra un yunque. Xorb ahogó un grito.

Varias crónicas aseguraron que la explosión fue visible desde otros planetoides cercanos. Que una nube de fuego y humo con forma de corazón humano idealizado se levantó antes de que el asteroide quedase pulverizado. También coinciden en que fue el detonante para que Uttra y Frysa firmasen una paz duradera. Resultaba curioso que, desde el trágico incidente, un aroma dulzón impregnase el aire de esos dos mundos. Algún romántico se atrevió a cantar que el amor estaba en una atmósfera respirable.

Comentarios
  • 7 comentarios
  • Mariagozu @Mariagozu hace 1 mes

    Tus referencias pop siempre a la altura ;D

  • Raquel Valle @ValleS hace 1 mes

    Qué decirte, Rubén? Que sigues siendo el faraón del humor inteligente? Que me ha encantado el relato y me ha sacado una sonrisa en cada párrafo? Que nos leemos el mes que viene, querido archienemigo? ;)

  • Qué curioso, has tenido un enfoque bastante parecido al mío.

  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    Una alegoría espacial transhumana. Eso pasa por no leerse los manuales de riesgos laborales.

  • Qué bonito, me ha gustado mucho. ¡Enhorabuena!

  • Midyakri @Midyakri hace 1 mes

    Rubén, eres genial. Como siempre un placer leerte, me voy de aquí con una sonrisa.

  • Rísquez @Risquez hace 1 mes

    Muchas gracias a todos por vuestros comentarios! Es un placer leeros aquí y en las pruebas ;)


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