No pude reprimir mi sorpresa. Casi me atraganto con la porción de pizza con la que llenaba el vacío de mi estómago cuando le vi. A pesar del tiempo, le reconocí. Estaba allí, en Roma, a los pies del Coliseo. Perfectamente uniformado con gálea, coraza y grebas, empuñando una espada con la mano derecha y manteniendo el escudo en la izquierda mientras intentaba convencer con su sonrisa a las turistas para fotografiarse junto a un auténtico soldado romano. No quise acercarme, sentí que si lo hacía, estaría desvelando su secreto. Le miré desde la distancia y dejé que las lágrimas resbalaran por mi cara.

Solo nos había dicho que quería cumplir su sueño de viajar en el tiempo…

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.