Si alguien le hubiese dicho que daría su vida por un humano, no habría tardado más de dos segundos en decapitar a aquel imprudente. Si, además, le hubiese dicho que lucharía contra una de sus propias hijas, lo habría deglutido vivo. Después de todo, el apodo «Vientre de dragona» no era en vano. Sin embargo, allí estaba ella, con sus uñas desesperadas en busca de los ojos de cabra de Quimera.

En cuanto Equidna alcanzó a cegarla parcialmente, la otra cabeza, de león, escupió una bocanada de fuego que levantó la arena alrededor de la batalla. El desierto se llenó de humo ardiente que amenazó con chamuscar los pelos grasos de ambas criaturas, pero poco les importaba su cabellera. Mientras una ondulaba su cuerpo de serpiente para alejarse, la otra preparaba los colmillos para atacar. Quimera se impulsó con las patas traseras para saltar hacia la cintura de su madre, pero ella misma le había enseñado ese movimiento.

Se cubrió con un brazo y rugió de dolor cuando los dientes afilados de su hija le atravesaron la carne. Podría envenenarla, pero a ella solo la dormiría un par de horas. Esa vez, Equidna había roto demasiadas reglas para declararse perdedora. Aprovechó el mordisco para deslizar su cola viperina hacia su abdomen y rodearla en un roce apenas audible. Cuando se dio cuenta, ya tenía la piel de su madre prensada contra su pelaje áspero. La espiral anillada asfixiaba un poco más con cada respiración, sin darle oportunidad a la víctima de zafar por mucho que intentara abrir la alas. Aún cazadora del brazo humanoide, Quimera se decidió por arrancarlo como último precio a pagar por su propia vida. Sincronizadas, una tiró de la carne mientras la otra apuró la estrangulación.

El «crac» cortó de cuajo los graznidos agudos de los buitres, público sin invitación a aquel duelo. Equidna recuperó la respiración mientras admiraba el cadáver de huesos rotos frente a ella. Le había mutilado la cola, partido un cuerno, cegado un par de ojos, saltado varios dientes y quebrado todo el torso. A cambio, tenía un muñón de sangre menguante donde antes estuvo el brazo derecho, había perdido ambos colmillos y contaba innumerables parches de piel desnuda cuyas escamas no volverían a crecer. Los picoteos deseosos y atrevidos de las aves rapaces la devolvieron al presente. Sería mejor huir de allí antes de que el resto se despertara.

Se había cuestionado la decisión durante todo el combate, pues ningún monstruo se había revelado contra uno de los suyos. Mucho menos la matriarca del clan. Aún así, la había matado por proteger al cachorro escondido en su cueva. Recogió al niño recelosa, quien la miraba con asombrados ojos oscuros. Él le besó las quemaduras; ella apaciguó sus dudas embravecidas y le acarició la aterciopelada piel caoba.

—Vámonos, humano.

—¿A dónde? —preguntó la inocente voz de cinco años.

—A Sicilia —contestó mientras lo acomodaba en su espalda para emprender la marcha—. No somos bienvenidos en Turquía.

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