En mitad de la noche, Anghira llegó a la orilla del lago. Tal y como Riven le había indicado, encontró a la sirena inconsciente. Crear la esfera de agua le llevó menos de un suspiro. Había sido más difícil ignorar la incomodidad de los dos guardias que la acompañaban. Sus poderes, aunque básicos, evidenciaban su sangre ninfa; ningún enano puro podía manejar la magia.
Con la prisión líquida que flotaba delante de ellos, atravesaron el bosque para volver a la ciudad. Cuando salieron de él, distinguieron a Riven a lo lejos, al lado de la muralla. El consejero real los guiaría hasta el rey.

Sin árboles sobre sus cabezas, la luna nueva tiñó la escena de plata. Y junto a ella, llegaron los problemas. Anghira sintió una sacudida en sus manos y, aunque se apartó hacia un lado, la flecha de hielo que salió de la esfera aterrizó en su brazo derecho. Desconcentrada por el dolor y el calor de su sangre, permitió que la prisión se deshiciera. Los sonidos del agua cayendo y de los guardias desenvainando las espadas se vieron engullidos por un grito aterrador. Desde el suelo, la prisionera les enseñaba sus dientes afilados y creaba un sonido tan potente que impedía que se acercaran. Desesperada por el dolor en brazo y oídos, Anghira lanzó un rayo a la cola de la sirena, que cesó su aullido, presa de violentos espasmos.

En cuanto los soldados corrieron hacia la enemiga, el suelo a su alrededor escupió cientos de dardos helados. El agua que que había servido como prisión ahora formaba aquellos proyectiles furiosos. En un instante, uno de los guardias cayó con la cara ensangrentada y llena de púas heladas. El otro, aunque herido, consiguió dar un tajo descendiente que cercenó la mano de la sirena. Furiosa, ella le mordió la parte interior del antebrazo, donde solo cuero aseguraba la armadura de metal. Con tendones colgando y venas destrozadas, el soldado se desplomó a la vez que aquella criatura cubierta de escamas resumía su chillido.

Anghira luchaba contra las náuseas y el mareo. Veía a Riven a lo lejos, aunque sabía que no iría a auxiliarla. Él había cumplido su parte: el guardia tritón les había entregado a su mejor curandera. Era responsabilidad de ella transportar a la sirena a palacio. Solo la magia de la gente del agua podía curar al rey. Debía encontrar una solución rápido, antes de que la prisionera pudiera matarla.

Sin pensar en lo desesperado del plan, rezó a todos los dioses para que los dos guardias estuvieran muertos. Temblando por el miedo, el asco y la rabia, creó una prisión de sangre que acalló aquel grito que le perforaba la cabeza. Pese a las sacudidas de llanto que dificultaban sus pasos, puso rumbo hacia el consejero y llevó hasta él la esfera roja.

Con los oídos pitando y llena de dolor, Anghira escuchó las palabras malditas de un sonriente Riven:

—Buen trabajo. Si el rey se recupera, perdonará la vida a tu familia.

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