El hedor metálico impregna las calles de Lithia. Ni siquiera la lluvia consigue despegarlo de las piedras. Brujas de sangre. Su naturaleza oscura, intoxicante, se filtra en el ambiente y le eriza el vello.

—Criaturas indeseables —masculla, calándose más la capucha.

Una sonrisa irónica le tire de la comisura de los labios, dejando a la vista sus caninos. «Como si el resto del mundo no pensase lo mismo de nosotros».

—Tenía que ser esta noche —dice un compañero.

Faer asiente en silencio; no necesita preguntar. Al dirigir la vista al cielo sus instintos gimen por la ausencia de luna.

—Esas alimañas saben lo que hacen. —Aprieta los puños—. Vamos.

En las casas, las puertas y contraventanas permanecen cerradas. Los pasos de su escuadrón reverberan por los callejones en una letanía funesta. Están solos; tal vez los licántropos guarden Lithia de las brujas, mas no por ello tienen la simpatía de sus habitantes.

A lo lejos, la silueta del castillo sobre el promontorio observa con sus decenas de ojos brillantes.

«Somos sus perros de presa. Seguiremos vivos mientras seamos útiles».

Aunque el acuerdo puso fin a la caza de licántropos, al menos temporalmente, no los convierte en ciudadanos de pleno derecho. Pero, ¿qué opción tenían? La supervivencia arde bajo su esternón, le afila los dientes y tensa sus músculos, le ordena que haga lo que sea por ver un nuevo día.

Ser el brazo ejecutor de nobles corruptos es un precio pequeño.

—Ahí —alerta uno de sus hombres.

Faer desenvaina sus dagas al tiempo que una segunda presencia cobra forma a su derecha. Hunde uno de los filos en aquella sombra deshilachada, que se retuerce con un chirrido furioso.

Un gañido a su espalda lo alerta y se agacha justo cuando una garra oscura corta el aire. La sombra que tenía apresada se suelta y Faer rueda para evitar los dos pares de zarpas que ahora van a por él.

De refilón ve los cuerpos de dos compañeros, tendidos sobre su propia sangre, y maldice para sus adentros. Cuando uno de los suyos cae, las brujas lo hacen resurgir como una de ellas. Matar una bruja, en cambio, sólo retrasa lo inevitable.

La primera sombra se materializa por completo, desvelando un rostro femenino, pálido, surcado por un rastro de lágrimas rojas.

—Ven a nuestro lado, hijo de la noche —dice, el timbre tan agudo como su sonrisa—. Tu lugar no está sirviendo a humanos.

Faer responde con un rugido y se lanza a por su cuello, mas sus aceros apenas rasgan la neblina oscura que la rodea. Detiene un ataque a su costado y logra atravesar el pecho de su oponente.

—¡Maldito chucho!

Reconoce el fogonazo de luz previo a un conjuro, pero está demasiado cerca para evitarlo. El dolor recorre su espalda y luego… la nada.

Cuando despierta, una fragancia metálica le da la bienvenida. No reconoce sus manos, pequeñas y blancas, pero sí el fuego en su pecho. Sigue con vida; nada más importa.


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